lunes, diciembre 18, 2006

La Herencia del General

Me ha costado comenzar esta publicación. He tenido la idea de sentarme a escribirla desde hace una semana atrás, pero creo que su retraso no sólo se debió a la carencia de tiempo y tranquilidad, sino a la necesidad de ir decantando el tema a medida que pasaban los días.
Como siempre, la muerte no es un concepto que se pueda digerir en un par de horas o un día. Es burocrática también. Es imposible procesar sus efectos sobre la cotidianidad sin esperar a vivir, efectivamente, la carencia de lo que la muerte se llevó cada vez que sale el sol por la mañana y se retira en las noches.
Yo, que me encontraba medianamente entrenada en los terrenos de la vivencia de la muerte, jamás creí que habrían tantas cosas sobre ella que me siguieran superando.
Hace una semana y unas horas atrás alguien me sugirió encender la televisión y poner atención. Apenas lo hice leí algo que, por más que hubiera imaginado, jamás creí que realmente sucediera (¿por qué esa incapacidad de evaluar como real la posibilidad de que alguien muera, si es la única certeza que tenemos de cualquier organismo vivo?). El dictador ha muerto. En verdad, lo que leí fue "Murió Augusto Pinochet", pero en los tres metros que me separaban del televisor el mensaje viajó y se reformuló al llegar a mi pecho y a mis ojos: "Murió el Dictador".
A los pocos segundos ya estaba alzando la voz para poner al tanto a mi madre. Pero me fue imposible simplemente gritar "¡Murió Pinochet!". Me di un tiempo antes de pronunciar la frase que a mi boca, labios, corazón y cerebro le era tan ajena.
Ante la noticia muchos reaccionaron distinto. Unos cuantos celebraron, unos cuantos lloraron las primeras lágrimas de un sentido y profundo duelo, y otros, como yo...simplemente se sumergieron en la reflexión. A lo primero que atiné fue a sentarme y dejar que la historia fuera contada y escrita frente a mis ojos. Nada menos...ese era un hito histórico para mi, y debía observarlo con atención, tratando de recordar cada trozo de información que me llegara. Me sucede eso...sentir una tremenda responsabilidad de retener en mi memoria los sucesos que considero relevantes, para que cuando mis hijos me pregunten qué era de mi en ese momento del que han leído en libros de historia (como siempre he hecho yo con mis padres) poder explicarles qué me sucedía, qué escuchaba, qué leía y cuál era el contexto en que yo vivía todo aquello. A poco andar de la noticia, comencé a invadirme de esa confusión de la que muchos fuimos víctimas. Al mismo tiempo sentía rabía, pena, respeto, incredulidad, vulnerabilidad, etc.
Permanecí sentada frente a mi computador, detrás de mi las noticias se sucedían en el televisor, y yo me levantaba cada tanto para ir a la pieza de mi mamá a comentar algo nuevo que estaba sintiendo o pensando. Recuerdo que el primer sentimiento que logré articular para expresarle fue la compasión que sentía por la cantidad de personas que fueron reales víctimas de los horrores de la dictadura. Pensaba en ellos y sentía sincera tristeza de imaginar que todo el sufrimiento que han cargado por años se quedó sin un rincón, sin un personaje, sin un recipiente en el que pudieran arrojar toda su ira. Por décadas el único alivio que podían tener era el de desear que Pinochet pagara, de alguna forma, el infierno que les construyó. La única acción, lo único que nadie les podía quitar, era el simple, vulgar, intenso insulto. Si la justicia fallaba, si él declaraba frases colmadas de sarcasmo y crueldad, si despertaban con la noticia de que no sólo fue un tirano, sino también un ladrón, un vulgar pirata que no repartió el botín con su tripulación...al menos podían fantasear con la idea de elevar un grito con una maldición dedicada a su persona, eso era algo que siempre se pudo hacer. Ahora, sólo les quedaba insultar a un muerto.
Pronto vino la sorpresa. Creo que muchos la sentimos. Hace un par de años que estaba convencida de que ya nadie podía ser pinochetista. Separé hace mucho la idea de que ser partidario de la derecha (y, hay que decirlo, hay muchas derechas, así como muchas izquierdas) iba inevitablemente ligado a ser partidario de Pinochet. Brotaron de los closets más marginados del país. Miles de personas lloraban la pérdida de su General, de su salvador, de su héroe. Tenía una teoría basada en lo que mostraban los medios, creí realmente que los pocos que habían superado el hecho real de que su héroe fuera un violador incansable de los derechos humanos no podrían jamás perdonarle que fuese un ladrón. Eso ya me parecía incomprensible. Que hubieran personas que justificaran más sus órdenes de eliminar, torturar, desaparecer a miles de seres humanos, compatriotas, vecinos..., pero que se asqueaban con saber que había asegurado la abundancia económica suya y la de sus herederos apropiándose del patrimonio nacional. Eso estaba claro, muchos de sus partidarios cesaron en ese momento de apoyarlo. Aceptaron al genocida, pero no al ladrón. Hasta ahora. Eso creíamos hasta ahora, y estábamos equivocados.
Años de haber reprimido su lealtad hacia aquel General. Años, probablemente, de pudor y vergüenza de declararse pinochetistas (así como el otro bando pasó años con miedo de declararse públicamente izquierdistas), se fueron a las pailas cuando encontraron una fecha y una hora en la que todos estaban dispuestos a derrochar fanatismo. Yo no los culpo, me parece lo más normal del mundo que al ver congregarse a muchos que sentían igual que ellos se desbordaran por las calles, gritando a los vientos lo que hace mucho no podían. Eran muchos, nos sorprendieron. Varias generaciones, mucho sentimiento, mucha pasión, muchas personas...declarando al mundo entero que Pinochet no era un dictador, que se merecía honores de Estado, que era un santo, un mesías. Por una parte, aunque siempre rechazando los actos agresivos y violentos de unos pocos, me alegra, o al menos me conforma, saber que en mi país esas personas encontraron sus horas de libre expresión, aunque dijeran cosas tan distintas a las que pienso. Me impresionaron, y los respeto. Pero pronto pasé del respeto al miedo, cuando vi saludos nazis frente al ataúd, cuando expresarse libremente se transformó en actuar violentamente, en rechazar al otro, en ofenderlo, en el impulso primitivo de desear con toda la sangre que el pensamiento diferente desapareciera, se eliminara, y se impusiera la verdad propia.
En ese momento sentí pena por mi pobre país. Por la cantidad de basura barrida debajo de la alfombra. Sentí incertidumbre. ¿Cuánto tiempo más tendremos que vivir con heridas abiertas y cicatrices que duelen con el frio?. ¿Cuántas generaciones recibirán esta podrida herencia que nos dejó este triste General?.
La muerte es tan insólita. Sucede en milésimas de segundos. Ese es un tiempo demasiado pequeño como para asimilar lo que ha sucedido. Tantas veces, tantas personas desearon su muerte, y con eso no bastó. La intensidad del sentimiento no hace que los sueños se vuelvan realidad, ni para bien ni para mal. Si así fuera, muchos habrían muerto y muchos resucitado.
La muerte es algo muy inmenso y muy fugaz como para asociarlo a la cantidad de generaciones que dañó este personaje. Desaparece él y no desaparecen los años de dictadura, traición, horror y humillación. Desaparece la dictadura y no desaparece la constitución que nos esclaviza. Desaparecen muchas cosas y la fractura en el corazón del país no desaparecerá nunca, es más, será plasmada de mil formas en libros, y las próximas generaciones seguirán nutriéndose de los efectos que tuvieron las decisiones de unos pocos, encabezadas por ese simple mortal que alguna vez soñó para si grandes cosas y no encontró mejor forma de lograrlo que convirtiéndose en uno de los traidores y tiranos más grandes de la historia contemporánea.
Creo que siempre será un misterio lo que realmente pensaba Pinochet acerca de sus actos. Nadie sabrá a ciencia cierta si sabía que había cometido atrocidades y no le importaba, o de verdad creía que la crueldad y la muerte eran justificables por el argumento del desarrollo y la extirpación del cáncer marxista. Eso se lo llevó. Ni siquiera se lo llevó a una tumba, tuvo la particular decisión de llevárselo consigo y convertirlo en partículas de polvo.
Esta semana ha sido extraña. Volví a sentir miedo de pensar como pienso, de que eso pudiera incluso dañar mi integridad física. Sentí miedo de ver que cuando el dictador hace noticia este país no encuentra espacio para reconciliaciones, perdón u olvido. Tal vez no deba haberlas, tal vez sólo el curso natural de las cosas es lo que aleje a Chile de este dolor. Quizás todo realmente acabe cuando la muerte se lleve a todos quienes aún sufren por el recuerdo. ¿Sólo la muerte nos puede sanar?
Se lo llevó la muerte, y la vida sigue. Nos enmudeció el suceso, nos paralizó, nos conmovió a todos los sectores y colores políticos. Pero la vida sigue. El día martes después de su entierro pasé por el frente de la Escuela Militar, algunas flores colgaban de las rejas, con imágenes del general, pero ya no había gente, la noticia estaba terminando. La vida estaba continuando. La Escuela Militar sigue en el mismo lugar, la estatua de Allende también, volvió a estar sola y fría cuando acabaron los festejos. Caminé por el pasillo subterráneo de la estación de metro, pensando en lo raro que era que todo pareciera normal si hacía pocas horas el cuerpo de Pinochet yacía en medio de un país consternado. Irónicamente un sujeto se ganaba la vida sentado en el suelo, tocando su guitarra y cantando "tantas veces me mataron, tantas veces me morí..."
Aun hay personas que dicen que quien murió hace una semana es el Padre de la Patria. Bueno, tal vez lo sea, pero ser padre no implica ser un BUEN padre. El quería serlo y también necesitó que sus "hijos" fueran agradecidos de su rol. La gran mayoría no le agradecemos que nos haya reconocido como hijos. Afuera, el mundo nos miraba como huérfanos. Creo que ese es realmente el castigo de Pinochet, haberse proclamado padre y ser pésimo en eso. Los padres quieren trascender, legar su apellido, darle a sus hijos una vida mejor que la que ellos tuvieron. Pinochet falló en eso. Debe ser realmente triste ser esa figura. A sus hijos de sangre les heredará sus condenas civiles y el tremendo peso de llevar ese apellido conocido y condenado mundialmente. A sus hijos de patria les heredó terror y rencor. La esperanza que nos queda es desarmarnos como familia, olvidar que en la cabecera de nuestra mesa se sentaba esa siniestra figura, dejar los puestos, independizarnos...y quizás algún día nos volvamos a encontrar todos, ya no como hermanos e hijos de este horrendo padre, sino como compatriotas.