sábado, julio 22, 2006

Todos mis muertos

Desde alrededor de mis 11 años empecé a desarrollar la certeza de que el día que alguien me avisara que mi viejo había muerto, yo me desvanecería. La imagen en mi cabeza era la de alguien diciéndome que murió y yo cayendo en el suelo arrodillada, quebrada, fracturada en cuerpo y alma, que el corazón me explotaba, que la cabeza se me nublaba y finalmente perdía conciencia y moría yo también, pero de pena. Supuse que el dolor era tan inmenso que era imposible que mi cuerpo lo sobreviviera, que el impacto y el sufrimiento harían que las células de mi cuerpo se desintegraran, que mi sangre se secara. No imaginaba otro final para ambos.

La vida de mi papá estuvo tantas veces en peligro que yo sentía que la mía también. El miedo a perderlo era constante y la necesidad de tenerlo cerca era inmensa. Durante la adolescencia tuvimos conflictos, desilusiones, problemas de grueso calibre, pero siempre lo adoré y, aunque a veces la razón se nubla, siempre supe que me adoraba, que yo era una de sus mayores preocupaciones en la vida, que siempre querría estar conmigo para hacerme sentir amada y protegida. Me prometió que no moriría antes de que yo terminara mi carrera. Esa fue una promesa que no pudo cumplir.

Yo sabía que el final estaba cerca, pero la llamada de ese día jueves me hizo temblar y empezar a tomar conciencia de que había llegado el momento. Camino a la clínica sólo pensaba “Este es el día en que mi papá muere. Aquí se acaba todo”. Lo pensaba y pensaba y no podía creerlo, no terminaba de convencerme. Parecía que todos mis órganos estuvieran negando la información. “Esto no puede estar pasando, es irreal, es sólo un susto más”. Pero no era así. Entré a la pieza y él estaba mal. Me duele asumirlo, pero creo que estaba angustiado y asustado. No podía respirar bien, estaba desesperado. Trató, como siempre, de hacer y decir cosas como para no preocuparnos. Traté, como siempre, de decirle algo gracioso. Nos pidieron salir para hacerle un procedimiento. No imaginé entonces que era la última vez que vería a mi viejo despierto. Por esas cosas de la vida, algo me detuvo en la puerta, di vuelta la cara para mirarlo una vez más antes de salir y le dije “Nos vemos, pelao”. Creo que quise decir “Te amo, papá”. Espero que haya comprendido que mi boca decía una cosa y mi cara expresaba lo que realmente sentía. Fue ahí cuando me hizo ese gesto apenas reconocible debajo de la máscara de oxígeno que tenía puesta, me cerró el ojo como respondiendo “Claro que si, nos vemos luego”. Yo creo que también quería decir “Te amo, hijita”.

Luego todo se fue poniendo más y más oscuro. Hubo hitos terribles esa noche. El médico nos dijo que era muy difícil que saliera de esta condición, que lo sedarían para que no sufriera por la falta de aire. Yo estaba resfriada por esos días y como él recibía quimioterapia debía acercarme a él con cuidado. Como aún estaban haciéndole su procedimiento fui donde las enfermeras a conseguirme una mascarilla. Cuando volví a su pieza entré diciéndole a la pareja de mi viejo que me lavaría las manos antes de acercarme (otro cuidado que hay que tener con los pacientes con quimio). Antes de entrar al baño ella alcanzó a decirme, con los ojos húmedos, “Ya no es necesario”. Yo no quise escuchar. Me encerré en el baño y me lavé las manos con prolijidad, pero mientras el agua corría sus palabras se tornaron más claras y entendí que ya no había forma de protegerlo, no bastaba con no contaminarlo, no habían resguardos para su salud porque ya no había salud posible. Empecé a llorar, pero me quise reponer antes de volver a salir. Cuando me acerqué a su cama él ya estaba durmiendo. Lo habían sedado. Me di cuenta de que ya no lo vería despierto de nuevo, que desde ya sus ojos se habían cerrado para siempre y no me regalarían otro guiño. Que aún cuando todavía respiraba su boca no volvería a articular palabras para mí. Que sus manos ya carecían de voluntad e intención para apretar las mías. Que nuestra comunicación, tal como había sido por 22 años, había terminado. Sus oídos tal vez no me escucharían, su cerebro no percibiría mi presencia. Entonces fue cuando tuve que emprender el camino de deshacerme de lo físico y empezar a hablarle con el alma.

En algún momento un cura entró a su pieza. Su presencia me produjo un rechazo tremendo. Sentía que debía pararme frente a él y gritarle “¡No!. No podía permitir que se estuviera formalizando su muerte. Quería con toda mis ganas que se alejara, que se llevara su extremaunción a otra parte. No quería permitirle que él viniera a decirle a Dios que mi papá estaba listo para morir. “No lo diga, por favor, llévese esas palabras, no envíe este aviso al cielo”. Pero no pude. No pude porque entonces yo era tan pequeña, porque el mundo era tan grande. Porque mi existencia sólo me permitía estar a los pies de la cama de mi viejo y comenzar a escuchar las palabras del cura, las oraciones, los ruegos por el perdón de sus pecados. En esa letanía mis músculos perdieron voluntad, mis piernas se aflojaron y comencé a caer lentamente, arrodillada en el suelo mientras sólo mis manos respondían y se aferraban a los pies de mi adorado viejo. Me rendí. Desde lo más profundo de mi pecho brotaron las lágrimas. El mundo vió que ya entendía que mi padre se iba, que yo no podía retenerlo. Y perdoné a ese cura, por venir a darle permiso a la muerte para que se lo llevara.

Pero la noche fue larga y mi viejo parecía estar haciendo su propio proceso de entender que debía marcharse. Creo que estaba buscando el momento adecuado, el minuto en que cada uno de nosotros pudiera decirle con nuestras almas que le permitíamos descansar aunque nos doliera. Tal vez quería escuchar de nuestros corazones la promesa de que íbamos a estar bien, que insistiríamos en convertirnos en grandes y buenas personas pese a su ausencia. Quizás de mi esperaba que pudiera acercarme a jurarle que, pese a mi certeza de años, no moriría cuando él muriera.

Durante todas esas largas horas el pánico se apoderó de mí. Me asustaba tremendamente entrar a su pieza cuando estaba solo. No imaginaba que yo pudiera resistir verlo morir. Tenía tanto miedo de ese segundo, de estar mirándolo en el momento en que su sangre dejara de correr por sus venas, de que su cuerpo se convirtiera en mármol mientras yo tomaba su mano. Pero a ratos me armaba de coraje y me acercaba a su cabecera, le hacía cariño en la frente, en la barba, tomaba su mano, mientras le decía con el alma que lo amaba, que lo perdonaba, que descansara al fin, que yo iba a vivir. Le contaba que él era lo más grande en mi vida y que sabía que era mutuo. Le hacía cariño, le miraba su cara para recordar cada centímetro para siempre.

Llegó el minuto en que comprendí que mi amor era tan grande que debía superar mi terror y acompañarlo en el mágico minuto en que él partiera. Se lo debía. Era imposible perderme su viaje más importante. Quería que supiera que yo estaba allí para acompañarlo en el trance que lo alejaría de mi para siempre.

Cuando llegó ese momento, yo estaba a su lado. Le tomé su mano izquierda y le acaricié su cabeza. A mi viejo le gustaba eso porque cuando era chico mi abuela lo hacía dormir mientras le hacía cariño en el pelo. Mi corazón latía tan rápido que mi cuerpo temblaba entero. Sentía que me iba a desmayar, que ya no podía sostenerme, pero trataba de sacar fuerzas de donde pudiera para mantenerme firme. Mi cara estaba llena de lágrimas que no paraban de salir. Sólo lo miraba a él. Mi alma le decía “Ya ándate, pelao. Descansa tranquilo, no seai porfiao”. Su respiración iba siendo cada vez más pausada hasta que cesó por completo. El destino me dio la bendición de haber posado un beso en su frente cuando de su boca salió su último aliento.

Yo no morí. No perdí la conciencia. Unos segundos después de su muerte todos los temblores que sentía se agruparon y salieron de mi cuerpo en forma de un gran suspiro y volví a respirar. Sentí que mi pecho se llenaba de aire cálido y que mi corazón se entibiaba. Creo que lo que sentí fue alivio. Al fin él había dejado de sufrir, de ser presa de ese sabotaje de sus células. Ya ese monstruo que lo iba carcomiendo había cumplido su objetivo y podía irse, dejarlo en paz y dejarnos en paz a nosotros.

Cuando llegué de vuelta a mi casa tomé la decisión de hacerme fuerte, de ser adulta por unas horas y homenajear a mi viejo. Me senté a trabajar y le escribí su despedida. Se lo merecía. Quería estar a su altura, demostrarle que yo por él superaba mis temores y me subí al podio de la iglesia para leérsela.

Nada de esto terminó en su funeral. Al contrario, sólo estaba empezando. Fue duro y hasta hoy es difícil no tener a mi viejo para que me de un abrazo y hacerme sentir amada y protegida. ¿Por qué escribo esto?, ¿por qué ahora?. Porque se vienen días en que sé que extrañaré eso. Mi corazón está destrozado y quisiera que él estuviera para contenerme, para darme fuerzas. Que con sus cariñitos me hiciera sentir que soy alguien especial, única, increíble, bonita, tan amada, tan querible. Desearía volver a sentir que aunque lo perdiera todo, aunque todos me dieran la espalda, aunque me hicieran daño o me rompieran el corazón, él estará ahí para amarme, para decirme que sabe que soy una persona buena y correcta, que me merezco lo mejor del mundo y que está orgulloso de lo que soy y lo que valgo.

Esta es una historia de amor inmenso entre dos personas. Yo perdí a mi viejo sin que mi voluntad o mi gigantesco amor pudieran hacer algo al respecto. Me decidí entonces a no perder a nadie más en mi vida por no decir, por no hacer, por no intentar. Sólo la muerte podría impedirme hacer más u obligarme a que decida sanarme sintiendo menos. Creí firmemente que nada más que la muerte debería apartarnos de los que amamos. Pero tampoco es así. Hay otras muertes. A veces vienen a matar tu amor. Hay situaciones en las que eso bello y gigante que sientes no debe existir porque el objeto de tu amor no lo quiere recibir. Entonces te piden que mates tu amor. Que te lo lleves lejos, lo pongas en un cajón y lo entierres junto a tus otros muertos.

Eso es lo que desde ayer me han dado como misión. Debo recoger mi amor y asesinarlo. Pero yo sé algo. Algo que fue la última enseñanza de mi viejo. Hay una contradicción implícita en que te pidan matar tu amor o en que asumas que debes asesinarlo, y es que el amor es algo que trasciende a la muerte. La eternidad es su significado en la raíz de la palabra. El amor no se termina por un funeral.

Ahora empieza mi luto sin muerte. Un luto de amor.

lunes, julio 10, 2006

Pasión de Multitudes

Y se nos acabó el Mundial de Fútbol. Una lástima, verdaderamente. Demás que algunas personas podrían pensar que esto lo digo con ironía, pero no es en absoluto así. Desde hace un tiempo que venía retomando mi cariño por el fútbol y esto de haberlo tenido a diario se había convertido ya en un vicio.

Explico eso de “retomar”. Cuando yo era chica le hinché las “quetejedi” a mi viejo por un buen tiempo para que me llevara con él al estadio. El se negó todo lo que pudo porque tenía miedo de que apenas me sentara en la galucha empezara a aburrirme como ostra. El temor de mi viejo era entendible, una vez ya había pasado por eso con mi hermano cuando él era chico, y lo tuvo comprándole cuanto cuchuflí y maní confitado pasaba por el lado para mantenerlo entretenido. Si eso le había sucedido con el retoño primogénito varón, ni hablar de lo que podía suceder con la niñita. Pero muy por el contrario a la teoría de mi viejo, me entretuve muchísimo. Quién sabe si los jugadores eran buenos, pero para mi eran maestros. Me encantaba mirar las galerías llenas de hinchas, buscar entre las cabecitas dónde se encontraba el tambor que yo escuchaba sonar desde hace rato y que le daba todo ese ambiente de ritual mientras esperábamos que saliera el equipo a la cancha, volaran los papelitos, se entonaran más fuertes los cantos y uno se llenara de un orgullo extraño…algo parecido a un cariño folklórico que se apodera del pecho en una tarde de domingo con la luz anaranjada del cielo atardeciendo, en tu Chilito que te espera común y corriente para cuando salgas del estadio con una sonrisa de victoria o una mueca de derrota.

Por un par de años fuimos al menos un domingo al mes al estadio. Fui aprendiendo algunas cosas de a poco. De mi viejo, por ejemplo, tomé la maña de ir con radio al estadio y escuchar el relato del partido mientras lo miraba en vivo. Así que llegábamos, nos enchufábamos a los audífonos y de vez en cuando nos echábamos unas miraditas para hacer gestos de reprobación o aprobación. De la barra aprendí a afinar el oído para descubrir qué cresta es lo que corean como 2 mil pelotudos juntos hasta que logré aprender ciertas canciones. De la gente, recuerdo con especial cariño esa complicidad de buen vecino que se daba entre los que estaban sentados cerca de ti y te miraban con cara de “viene pa’ acá la ola, prepárate pa’ que nos salga linda” o que nunca faltara el guatón simpático que tiraba la talla dicharachera y oportuna a todo volumen para que todos escucháramos y nos riéramos con él. De verdad lo pasaba bien. Pero en algún momento todo eso dejó de suceder en mi vida e ir el domingo al estadio fue un ritual que se perdió y nunca más he encontrado la compañía adecuada o voluntariosa para retomarlo.

Lo que sí volvió a mi vida fue la información. Es decir, volví a estar al tanto de lo que sucedía con mi equipo y, paulatinamente, lo que sucedía con los otros (o contra los otros). Como ha pasado un buen rato desde que me alejé de las canchas, resulta que descubrí que ya jamás televisan los partidos nacionales, ¡que hay que contratar un canal exclusivamente dedicado a eso!. Así que en algún minuto di el paso decisivo, agarré mi walkman y empecé a sintonizar los partidos. Toda mi vida encontré que sólo una cosa podría ser tan compleja de entender como la física y eso era, precisamente, un relato de un partido. Pero me fui entrenando, aprendiendo de a poco algunos nombres y ahora hasta me emociona escucharlos. Lástima que haya tan poca gente alrededor mío con quien compartir ese espacio. A mi mamá y mi hermana no les podría interesar menos y creo que a mis amigas tampoco les atrae en nada, y lamentablemente el departamento de machos en mi hogar se ha mudado a Colombia (y al más allá).

Lo entretenido del Mundial fue precisamente eso, que casi todos están al tanto y pendientes de lo que está sucediendo. Podía compartir mis dudas, comentarios y pasiones con muchas más personas. Casi todos los días un partido, era cosa de ver el menú, decidir por quién hinchar, sopesar un par de razones para apoyar a un equipo u otro y sentarse a ver el partido, ¡y no UN partido! Sino varios al día, eso era espectacular.

Me encontré, como nunca antes, programándome para llegar a tiempo a mi casa y disfrutar de un par de horas de fútbol internacional. Aunque muchas veces me hubiera gustado tener a alguien a mi lado para hacer los descargos y comentarios pertinentes, no me sentí nunca sola en eso, porque entendía que un alto porcentaje de la población estaba siguiendo con sus ojos la misma imagen que yo, y no sólo en mi ciudad o en mi país, sino en el mundo entero.

Recuerdo que los primeros días del Mundial escuché en las noticias que habían algunas mujeres movilizadas en algunas partes del mundo para protestar contra lo que ellas deben haber pensado que era una organización que deliberadamente atentaba contra sus relaciones de pareja o la valoración de sus intereses. Lo siento, pero lo primero que pensé fue “¡Manga de histéricas!”. De verdad que incluso algo leí sobre algunas minas que argumentaban que por cada partido al que su pierna peluda aferrara su mirada ellas deberían tener el derecho de ir de compras y hacer que sus tarjetas de crédito pidieran perdón o reivindicaran el pecado. Dulce venganza de la fémina que siente compite por su hombre con una pelota.

Otras chiquillas se lo tomaron con más humor y mientras duraba ese claustro obligatorio en que la mayoría de los hombres del mundo ponían su atención en Alemania y no en sus atributos femeninos, decidieron poner sus atenciones en los atributos masculinos de los jugadores. Eso sí me hizo más gracia y un día me di la lata de buscar en Google algunos rankings de los chicos más guapos del mundial. Pero, y no es por dármelas de alternativa, igual me interesaba más lo que estaba pasando adentro de la cancha que en los camarines de esos sudorosos guapetones. Además, inevitablemente, muchos de ellos terminarían su aventura mundialista de un minuto a otro con un gol que haría la diferencia entre seguir en la carrera o tomar el avión de vuelta a casa y hasta ahí no más llegaría el amor.

La verdad es que yo me quiero contar entre el tercer grupo de mujeres (no las del primero, rencorosas, feministas y paranoicas, ni las del segundo, de buen humor, pero con la preocupación fetichista y frivoloide a flor de piel), es decir, entre las mujeres que disfrutamos el Mundial y el fútbol porque entienden (o en mi caso, estamos en proceso de entender) que esto se trata de algo más que una “manga de pelotudos corriendo detrás de una pelota” (que es una definición que he escuchado salir bastante de la boca de algunas féminas últimamente), sino una pasión.

Pese a ser un deporte, la definición que más me agrada para el fútbol es la de un juego. Algunos fanáticos tal vez me quieran golpear por eso, pero no lo digo peyorativamente, sino todo lo contrario. Lo que me parece bello de él es precisamente eso. Me parece realmente poético que en un mundo como este haya espacio para jugar. Para jugar bonito. Cómo no va a ser increíble que millones de personas le pongan atención a un juego y que de él puedan conseguir alegría, distracción, desahogo, emoción. Cómo no va a ser intenso pensar en que muchos de esos jugadores son el sueño del pibe hecho realidad. El sueño de un niño que tal vez jamás podría haber llegado a ser presidente de la nación, pero que tenía el particular talento de dominar una pelota y trabajar en equipo. Cómo no va a ser lindo que a todo el mundo se le hinche el corazón de patriotismo con la exhibición de un ejército bastante más amable que el que desfila los 19 de septiembre.

Ya sé que aquí hay muchas de mi género que me podrían dar una lista larga de las cosas feas, sólo para seguir sosteniendo que su desgano u odio por el fútbol es justificable. Que la gente se pone xenofóbica, resentida, que las barras son bravas y que cunde el vandalismo, que los jugadores son cochinos y se golpean, que los hombres se pegan al televisor y no te pescan ni aunque se estuviera quemando la casa, y así ir subiendo de nivel hasta llegar a incluir casi intereses políticos y económicos y casos de corrupción en el asunto. Pero yo insisto en hablar de la parte simple. De la parte en que uno goza. De la relación directa entre el espectáculo y el espectador. No tampoco la parte simplista en que sólo reducen todo a “los giles corriendo por la pelota”, porque eso no es un espectáculo para nadie y porque tampoco es verdadero. Niñas, acéptenlo de una vez por todas, para hacer lo que hacen estos chiquillos en una pichanga, en el Estadio Nacional o en el Olímpico de Berlín hay que tener talento, voluntad y sobre todo pasión. Se requiere esfuerzo, constancia y sacrificios, como en todas las cosas. Así que basta de querer encontrarle el lado absurdo o de argumentar que no es valioso sólo porque nadie esté inventando la teoría de la relatividad en la cancha, miren que para practicar algunos vicios femeninos como gastar plata en ofertas de temporada de zapatos tampoco se requiere de una dinámica neuronal muy compleja. No hay nada de malo en que no te guste el fútbol, a mi tampoco me atrae mayormente ver otros deportes como el ski, el fútbol americano y me podría quedar dormida viendo automovilismo, pero de ahí a armarme con un discurso rebuscado y poco menos que juntar firmas para que desaparezcan…es otro rollo.

Sin haberlo pretendido desde el principio, creo que esta publicación se convirtió en mi personal defensa del fútbol y sus seguidores. Mi intención original era comentar que echaré de menos el Mundial y sus noticias. Tal vez, asumir que a veces yo también extraño el fútbol, el estadio, los cantos, la alegría de ver a tu pequeño ejército triunfar, llenar los aburridos domingos con algo de emoción y cariño. Declarar que a veces me alegro soñando que si tengo un hijo me gustaría llevarlo al estadio y enseñarle lo bien que se pasa (aunque me salga de otro equipo), y si es niña, ¡la llevo igual! (no nos vamos a poner prejuiciosos como mi viejo), y que crezca así, yendo los domingos a ver fútbol, que me pida de regalo de Navidad una camiseta de su equipo favorito, que se ensucie jugando aunque sea de portero y que en algún Mundial nos sentemos en familia en un sillón cómodo a ver cuán bonito juegan los soldaditos.

Bueno, y se nos acabó el Mundial. Por lo menos nos va quedando el Campeonato de Clausura. Si tan sólo hubiera un hombre en mi casa tendría una buena excusa para contratar el Canal del Fútbol. Por el momento me tendré que conformar con mi walkman.

jueves, julio 06, 2006

Testing myself II

Como hace tiempo no publico y hoy me llegó este mail (que creo haberlo respondido y reenviado como 4 veces antes en mi vida), decidí que esta vez mejor lo publico y así me quito un poco de culpa también por haber dejado botado tanto tiempo mi blog. Los curiosos tal vez se entretengan. Se supone que es un cuestionario que hay que responder y reenviar a las personas que te lo mandaron, ¿como para hacer una base de datos de gente ociosa?Jajaja.

1. ¿Nombre?
Ana María
2. ¿Por quién te dieron ese nombre?
Mis viejos suponían que yo iba a ser niño y me iba a llamar Jorge (por un hermano de mi papá). Como nací niña mi mamá me quería poner Ximena, pero a mis hermanos lescargó y sugirieron mi actual "Ana María"...así que cúlpenlos a ellos (la saqué barata, en todo caso). Creo que me habría gustado que me nombraran Julia, raro que no se les ocurrió considerando que así se llamaba mi abuela paterna, a la que no conocí.
3. ¿Le pides deseos a las estrellas?
Pido deseos, no sé si a las estrellas. Más les pido a mi familia que ya se ha ido al cielo. A las estrellas no les pido nada porque las raras ocasiones en que uno puede mirarlas (consideremos que vivo en Santiago) suelo quedarme embobada mirándolas. Son como un sedante, igual que mirar el fuego.
4. ¿Te gusta tu letra?
Absurdo...me gusta mi letra cuando escribo con portaminas, no con lápiz de pasta. Con las plumas soy un desastre, me mancho entera y mancho lo que escribo. Como dato freak añado que siempre me ha gustado mucho la letra de mi hermana, y me encantaba la de mi viejo, sobre todo cuando escribía con su letra imprenta.
5. ¿El pan te gusta con qué?
Con palta (de preferencia hass). Con la nunca bien ponderada mantequilla. Casi nunca con mermelada (las únicas que llaman mi atención son las de frutilla y mora), muy pocas veces con manjar. El paté me gustaba de chica, pero como que ahora me da asco. Jamás le unto miel a un pan. El dulce de membrillo lo prefiero solito o en una galleta.
6. ¿Si fueras otra persona, serías tu amigo?
Si fuera otra persona, con un carácter diferente al que tengo, creo que si. Si fuera otra persona con mi mismo carácter creo que rivalizaríamos mucho. Podría aceptarme, pero probablemente tendríamos nuestros encontrones, jejeje. Menos mal que tengo una paciencia de oro.
7. ¿Tienes un diario de vida?
A veces. Aunque no es algo formal, de una manera u otra siempre termino escribiendo acerca de lo que me pasa o lo que siento. Confieso, eso si, que aunque muy de vez en cuando me da algún arranque por escribir a mano lo que me pasó para desahogarme, le tengo un poco de temor a lo que he escrito así y un cierto rechazo a mirarlo, por eso prefiero escribir más acerca de lo que siento tratando de comprenderlo (al parecer topearlo en el computador me ayuda a racionalizar el asunto, en parte) en lugar de contar cómo fue algo que me sucedió y cómo me hizo sentir.
8. ¿Eres sarcástico?
Si. Muy acidita a veces. Si mi sarcasmo es derivado de la rabia, puedo ser nociva (no lo digo con orgullo y en mi defensa puedo decir que trato de contenerlo al máximo). Si mi sarcasmo es con buen humor hay poca gente que me puede seguir el ritmo sin ofenderse, son los que más me conocen y saben que mi humor puede ser un poco negro. Y lo que realmente me gusta o me sorprende de alguien es que pueda responder a mi sarcasmo o “acidez” con algo que me deje calladita, jajaja. Esa persona pasa a ser admirable.
9. ¿Saltarías en bungee?
Noooo...¿y si me muero??? ¿Y si me da un infarto mientras me voy cayendo??, ¿¿Y si vomito??. Muy delicada para esas cosas. Con suerte estoy pensando en mi próximo viaje a Fantasilandia, y ahí ya sufro bastante.
10. ¿Cuál es tu cereal preferido?
Cornflakes de Kellogs con lechecita y unas frutillitas picadas...mmmmm.
11. ¿Te desabrochas los zapatos antes de sacártelos?
Casi nunca, porque les hago doble nudo. No sé por qué la sola idea de que se me desabrochen en plena calle y tener que detenerme para amarrarlos, me produce estrés, además me carga cuando no falta la vieja metiche que te avisa que se te desamarraron y te puedes sacar la cresta…deberían dejar su rol de madre en sus casas!. A veces hago el esfuerzo y trato de desamarrármelos antes de sacármelos porque de la otra forma (empujándolos con una patita) ya me he echado el talón de varios…y son tan re caros! Jajajaja.
12. ¿Crees que eres fuerte?
He ido perdiendo fuerza física. Sobre todo la de mis brazos, ahora me cuesta empujar o levantar cosas. Cada vez soy más debilucha, aunque de las piernas nunca he sido poderosa tampoco. Por el contrario, creo que he ido adquiriendo fuerza emocional, aunque eso también lo pongo en duda a veces y pienso que eso es sólo algo que uno quiere creer después de haber sobrevivido momentos críticos. Fuerza de voluntad tengo poca, pero cuando tengo, ¡pucha que tengo!
13. ¿Cuánto calzas?
A veces 37, a veces 38 y en contadas ocasiones, 39. Parece que mi pie es un poco más ancho que largo.
14. ¿Rojo o Rosado?
Rojo. Aunque no me visto de rojo (me veo chula).
15. ¿Qué es lo que menos te gusta de ti?
Mi poca capacidad de relajarme, siempre le busco la quinta pata al gato.
16. ¿A quién extrañas mucho?
A mi papá. Increíble pensar que hace más de 5 años que no lo veo ni lo escucho, cuando en toda mi vida antes nunca pasé más de 3 semanas sin verlo y era por algún motivo afortunado como un viaje…
17. ¿Te gustaría que todos a quienes les enviaste este mail te lo respondan?
Como cambié la modalidad, obviamente no se lo envié a nadie. Ni menos espero que alguien se detenga para contarme estas cosas de si mismo. Aunque siempre es algo que me gustaría.
18.¿Qué color de pantalones y zapatos tienes puesto?
Jeans y mis botitas cafés.
19. ¿Lo último que comiste hoy?
Arroz chaufán (especial con camarones) y arrollado de mariscos (cortesía de los famosos cheques de restoran)
20. ¿Qué estas escuchando en este momento?
Teardrop de Massive Attack.
21. ¿La última persona con que hablaste por teléfono?
Iba a decir otra persona y justo me llamó la Poly.
22. ¿Trago favorito?
Caipiroska, mmmmm!. Pero también me agrada mucho el Vodka Tónica (obviamente con su rodajita de limón).
23. ¿Comida favorita? Italiana, China.
24. ¿Última película que viste en el cine y con quien?
La Era del Hielo II con mi hermana.
25. ¿Día favorito del año?
Ninguno en particular. Me gustan mucho los viernes.
26. ¿Invierno o verano?
Pucha, el verano está bien, pero soy mala para aguantar el calor y con mi alergia al sol sufro bastantes restricciones. Por otro lado, aunque soy extremadamente friolenta, el invierno es rico porque es más regaloneable.
27. ¿Besos o abrazos?
Un beso abrazado (o abrasador jajaja). Los besos me fascinan, soy una besadora compulsiva, podría pasar horas en eso. Pero un abrazo bien dado en el minuto adecuado es muy valioso también.
28. ¿Postre preferido?
Frutillas con crema.
29. ¿Quién crees que te responderá?
Nadien, compadre, nadien.
30. ¿El que menos crees que lo conteste?
Nadie...ya dije.
31. ¿Qué libro estás leyendo?
Se llama “Putas Asesinas”. Su título ya me ha costado miradas extrañas en el Metro. Es un libro de relatos de Roberto Bolaño. (No confundir con Chespirito, por favor)
32. ¿Qué viste anoche en la tele?
Un Informe Especial sobre unas mujeres que perdieron a sus hijos al momento del parto por negligencia médica, creo que era en Coyaique.
33. ¿Dónde es lo más lejos que has estado?
En la práctica, en Inglaterra, pero lo más lejos que YO recuerdo, es Bolivia.
35.¿Qué quieres lograr en los próximos 5 años?
5 años es demasiado. Dejémoslo en 1 y les cuento que me quiero ir de mi casa y que pretendo lograrlo de aquí a fines de año.
36. ¿Qué hacías antes de abrir éste email?
Mirarme el ombligo porque mi jefa no vino a trabajar y no hay nada que hacer.