Desde alrededor de mis 11 años empecé a desarrollar la certeza de que el día que alguien me avisara que mi viejo había muerto, yo me desvanecería. La imagen en mi cabeza era la de alguien diciéndome que murió y yo cayendo en el suelo arrodillada, quebrada, fracturada en cuerpo y alma, que el corazón me explotaba, que la cabeza se me nublaba y finalmente perdía conciencia y moría yo también, pero de pena. Supuse que el dolor era tan inmenso que era imposible que mi cuerpo lo sobreviviera, que el impacto y el sufrimiento harían que las células de mi cuerpo se desintegraran, que mi sangre se secara. No imaginaba otro final para ambos.
La vida de mi papá estuvo tantas veces en peligro que yo sentía que la mía también. El miedo a perderlo era constante y la necesidad de tenerlo cerca era inmensa. Durante la adolescencia tuvimos conflictos, desilusiones, problemas de grueso calibre, pero siempre lo adoré y, aunque a veces la razón se nubla, siempre supe que me adoraba, que yo era una de sus mayores preocupaciones en la vida, que siempre querría estar conmigo para hacerme sentir amada y protegida. Me prometió que no moriría antes de que yo terminara mi carrera. Esa fue una promesa que no pudo cumplir.
Yo sabía que el final estaba cerca, pero la llamada de ese día jueves me hizo temblar y empezar a tomar conciencia de que había llegado el momento. Camino a la clínica sólo pensaba “Este es el día en que mi papá muere. Aquí se acaba todo”. Lo pensaba y pensaba y no podía creerlo, no terminaba de convencerme. Parecía que todos mis órganos estuvieran negando la información. “Esto no puede estar pasando, es irreal, es sólo un susto más”. Pero no era así. Entré a la pieza y él estaba mal. Me duele asumirlo, pero creo que estaba angustiado y asustado. No podía respirar bien, estaba desesperado. Trató, como siempre, de hacer y decir cosas como para no preocuparnos. Traté, como siempre, de decirle algo gracioso. Nos pidieron salir para hacerle un procedimiento. No imaginé entonces que era la última vez que vería a mi viejo despierto. Por esas cosas de la vida, algo me detuvo en la puerta, di vuelta la cara para mirarlo una vez más antes de salir y le dije “Nos vemos, pelao”. Creo que quise decir “Te amo, papá”. Espero que haya comprendido que mi boca decía una cosa y mi cara expresaba lo que realmente sentía. Fue ahí cuando me hizo ese gesto apenas reconocible debajo de la máscara de oxígeno que tenía puesta, me cerró el ojo como respondiendo “Claro que si, nos vemos luego”. Yo creo que también quería decir “Te amo, hijita”.
Luego todo se fue poniendo más y más oscuro. Hubo hitos terribles esa noche. El médico nos dijo que era muy difícil que saliera de esta condición, que lo sedarían para que no sufriera por la falta de aire. Yo estaba resfriada por esos días y como él recibía quimioterapia debía acercarme a él con cuidado. Como aún estaban haciéndole su procedimiento fui donde las enfermeras a conseguirme una mascarilla. Cuando volví a su pieza entré diciéndole a la pareja de mi viejo que me lavaría las manos antes de acercarme (otro cuidado que hay que tener con los pacientes con quimio). Antes de entrar al baño ella alcanzó a decirme, con los ojos húmedos, “Ya no es necesario”. Yo no quise escuchar. Me encerré en el baño y me lavé las manos con prolijidad, pero mientras el agua corría sus palabras se tornaron más claras y entendí que ya no había forma de protegerlo, no bastaba con no contaminarlo, no habían resguardos para su salud porque ya no había salud posible. Empecé a llorar, pero me quise reponer antes de volver a salir. Cuando me acerqué a su cama él ya estaba durmiendo. Lo habían sedado. Me di cuenta de que ya no lo vería despierto de nuevo, que desde ya sus ojos se habían cerrado para siempre y no me regalarían otro guiño. Que aún cuando todavía respiraba su boca no volvería a articular palabras para mí. Que sus manos ya carecían de voluntad e intención para apretar las mías. Que nuestra comunicación, tal como había sido por 22 años, había terminado. Sus oídos tal vez no me escucharían, su cerebro no percibiría mi presencia. Entonces fue cuando tuve que emprender el camino de deshacerme de lo físico y empezar a hablarle con el alma.
En algún momento un cura entró a su pieza. Su presencia me produjo un rechazo tremendo. Sentía que debía pararme frente a él y gritarle “¡No!. No podía permitir que se estuviera formalizando su muerte. Quería con toda mis ganas que se alejara, que se llevara su extremaunción a otra parte. No quería permitirle que él viniera a decirle a Dios que mi papá estaba listo para morir. “No lo diga, por favor, llévese esas palabras, no envíe este aviso al cielo”. Pero no pude. No pude porque entonces yo era tan pequeña, porque el mundo era tan grande. Porque mi existencia sólo me permitía estar a los pies de la cama de mi viejo y comenzar a escuchar las palabras del cura, las oraciones, los ruegos por el perdón de sus pecados. En esa letanía mis músculos perdieron voluntad, mis piernas se aflojaron y comencé a caer lentamente, arrodillada en el suelo mientras sólo mis manos respondían y se aferraban a los pies de mi adorado viejo. Me rendí. Desde lo más profundo de mi pecho brotaron las lágrimas. El mundo vió que ya entendía que mi padre se iba, que yo no podía retenerlo. Y perdoné a ese cura, por venir a darle permiso a la muerte para que se lo llevara.
Pero la noche fue larga y mi viejo parecía estar haciendo su propio proceso de entender que debía marcharse. Creo que estaba buscando el momento adecuado, el minuto en que cada uno de nosotros pudiera decirle con nuestras almas que le permitíamos descansar aunque nos doliera. Tal vez quería escuchar de nuestros corazones la promesa de que íbamos a estar bien, que insistiríamos en convertirnos en grandes y buenas personas pese a su ausencia. Quizás de mi esperaba que pudiera acercarme a jurarle que, pese a mi certeza de años, no moriría cuando él muriera.
Durante todas esas largas horas el pánico se apoderó de mí. Me asustaba tremendamente entrar a su pieza cuando estaba solo. No imaginaba que yo pudiera resistir verlo morir. Tenía tanto miedo de ese segundo, de estar mirándolo en el momento en que su sangre dejara de correr por sus venas, de que su cuerpo se convirtiera en mármol mientras yo tomaba su mano. Pero a ratos me armaba de coraje y me acercaba a su cabecera, le hacía cariño en la frente, en la barba, tomaba su mano, mientras le decía con el alma que lo amaba, que lo perdonaba, que descansara al fin, que yo iba a vivir. Le contaba que él era lo más grande en mi vida y que sabía que era mutuo. Le hacía cariño, le miraba su cara para recordar cada centímetro para siempre.
Llegó el minuto en que comprendí que mi amor era tan grande que debía superar mi terror y acompañarlo en el mágico minuto en que él partiera. Se lo debía. Era imposible perderme su viaje más importante. Quería que supiera que yo estaba allí para acompañarlo en el trance que lo alejaría de mi para siempre.
Cuando llegó ese momento, yo estaba a su lado. Le tomé su mano izquierda y le acaricié su cabeza. A mi viejo le gustaba eso porque cuando era chico mi abuela lo hacía dormir mientras le hacía cariño en el pelo. Mi corazón latía tan rápido que mi cuerpo temblaba entero. Sentía que me iba a desmayar, que ya no podía sostenerme, pero trataba de sacar fuerzas de donde pudiera para mantenerme firme. Mi cara estaba llena de lágrimas que no paraban de salir. Sólo lo miraba a él. Mi alma le decía “Ya ándate, pelao. Descansa tranquilo, no seai porfiao”. Su respiración iba siendo cada vez más pausada hasta que cesó por completo. El destino me dio la bendición de haber posado un beso en su frente cuando de su boca salió su último aliento.
Yo no morí. No perdí la conciencia. Unos segundos después de su muerte todos los temblores que sentía se agruparon y salieron de mi cuerpo en forma de un gran suspiro y volví a respirar. Sentí que mi pecho se llenaba de aire cálido y que mi corazón se entibiaba. Creo que lo que sentí fue alivio. Al fin él había dejado de sufrir, de ser presa de ese sabotaje de sus células. Ya ese monstruo que lo iba carcomiendo había cumplido su objetivo y podía irse, dejarlo en paz y dejarnos en paz a nosotros.
Cuando llegué de vuelta a mi casa tomé la decisión de hacerme fuerte, de ser adulta por unas horas y homenajear a mi viejo. Me senté a trabajar y le escribí su despedida. Se lo merecía. Quería estar a su altura, demostrarle que yo por él superaba mis temores y me subí al podio de la iglesia para leérsela.
Nada de esto terminó en su funeral. Al contrario, sólo estaba empezando. Fue duro y hasta hoy es difícil no tener a mi viejo para que me de un abrazo y hacerme sentir amada y protegida. ¿Por qué escribo esto?, ¿por qué ahora?. Porque se vienen días en que sé que extrañaré eso. Mi corazón está destrozado y quisiera que él estuviera para contenerme, para darme fuerzas. Que con sus cariñitos me hiciera sentir que soy alguien especial, única, increíble, bonita, tan amada, tan querible. Desearía volver a sentir que aunque lo perdiera todo, aunque todos me dieran la espalda, aunque me hicieran daño o me rompieran el corazón, él estará ahí para amarme, para decirme que sabe que soy una persona buena y correcta, que me merezco lo mejor del mundo y que está orgulloso de lo que soy y lo que valgo.
Esta es una historia de amor inmenso entre dos personas. Yo perdí a mi viejo sin que mi voluntad o mi gigantesco amor pudieran hacer algo al respecto. Me decidí entonces a no perder a nadie más en mi vida por no decir, por no hacer, por no intentar. Sólo la muerte podría impedirme hacer más u obligarme a que decida sanarme sintiendo menos. Creí firmemente que nada más que la muerte debería apartarnos de los que amamos. Pero tampoco es así. Hay otras muertes. A veces vienen a matar tu amor. Hay situaciones en las que eso bello y gigante que sientes no debe existir porque el objeto de tu amor no lo quiere recibir. Entonces te piden que mates tu amor. Que te lo lleves lejos, lo pongas en un cajón y lo entierres junto a tus otros muertos.
Eso es lo que desde ayer me han dado como misión. Debo recoger mi amor y asesinarlo. Pero yo sé algo. Algo que fue la última enseñanza de mi viejo. Hay una contradicción implícita en que te pidan matar tu amor o en que asumas que debes asesinarlo, y es que el amor es algo que trasciende a la muerte. La eternidad es su significado en la raíz de la palabra. El amor no se termina por un funeral.
Ahora empieza mi luto sin muerte. Un luto de amor.
sábado, julio 22, 2006
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3 comentarios:
Poema.-
Tu eliges el lugar de la herida
en donde hablamos nuestro silencio.
Tu haces de mi vida
esta ceremonia demasiado pura.
Alejandra Pizarnik.
Es muy extraño..... los dos significados de tu texto los recogo de manera impresionante.
A veces te piden matar el amor.... pero tú no lo mates..... guárdalo en algún rincón de alguna parte inaccesible fácilmente.... a mi me pidieron matarlo y luego revivirlo... lo estoy vivinedo nuevamente y de manera más intensa.
Mi sueño más preciado en este momento sería que me vinieran a pedir revivir mi amor, pero no cualquier persona. Este amor es para uno solo. Me es físicamente imposible trasladar este mismo sentimiento a otro sujeto.
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