Y se nos acabó el Mundial de Fútbol. Una lástima, verdaderamente. Demás que algunas personas podrían pensar que esto lo digo con ironía, pero no es en absoluto así. Desde hace un tiempo que venía retomando mi cariño por el fútbol y esto de haberlo tenido a diario se había convertido ya en un vicio.
Explico eso de “retomar”. Cuando yo era chica le hinché las “quetejedi” a mi viejo por un buen tiempo para que me llevara con él al estadio. El se negó todo lo que pudo porque tenía miedo de que apenas me sentara en la galucha empezara a aburrirme como ostra. El temor de mi viejo era entendible, una vez ya había pasado por eso con mi hermano cuando él era chico, y lo tuvo comprándole cuanto cuchuflí y maní confitado pasaba por el lado para mantenerlo entretenido. Si eso le había sucedido con el retoño primogénito varón, ni hablar de lo que podía suceder con la niñita. Pero muy por el contrario a la teoría de mi viejo, me entretuve muchísimo. Quién sabe si los jugadores eran buenos, pero para mi eran maestros. Me encantaba mirar las galerías llenas de hinchas, buscar entre las cabecitas dónde se encontraba el tambor que yo escuchaba sonar desde hace rato y que le daba todo ese ambiente de ritual mientras esperábamos que saliera el equipo a la cancha, volaran los papelitos, se entonaran más fuertes los cantos y uno se llenara de un orgullo extraño…algo parecido a un cariño folklórico que se apodera del pecho en una tarde de domingo con la luz anaranjada del cielo atardeciendo, en tu Chilito que te espera común y corriente para cuando salgas del estadio con una sonrisa de victoria o una mueca de derrota.
Por un par de años fuimos al menos un domingo al mes al estadio. Fui aprendiendo algunas cosas de a poco. De mi viejo, por ejemplo, tomé la maña de ir con radio al estadio y escuchar el relato del partido mientras lo miraba en vivo. Así que llegábamos, nos enchufábamos a los audífonos y de vez en cuando nos echábamos unas miraditas para hacer gestos de reprobación o aprobación. De la barra aprendí a afinar el oído para descubrir qué cresta es lo que corean como 2 mil pelotudos juntos hasta que logré aprender ciertas canciones. De la gente, recuerdo con especial cariño esa complicidad de buen vecino que se daba entre los que estaban sentados cerca de ti y te miraban con cara de “viene pa’ acá la ola, prepárate pa’ que nos salga linda” o que nunca faltara el guatón simpático que tiraba la talla dicharachera y oportuna a todo volumen para que todos escucháramos y nos riéramos con él. De verdad lo pasaba bien. Pero en algún momento todo eso dejó de suceder en mi vida e ir el domingo al estadio fue un ritual que se perdió y nunca más he encontrado la compañía adecuada o voluntariosa para retomarlo.
Lo que sí volvió a mi vida fue la información. Es decir, volví a estar al tanto de lo que sucedía con mi equipo y, paulatinamente, lo que sucedía con los otros (o contra los otros). Como ha pasado un buen rato desde que me alejé de las canchas, resulta que descubrí que ya jamás televisan los partidos nacionales, ¡que hay que contratar un canal exclusivamente dedicado a eso!. Así que en algún minuto di el paso decisivo, agarré mi walkman y empecé a sintonizar los partidos. Toda mi vida encontré que sólo una cosa podría ser tan compleja de entender como la física y eso era, precisamente, un relato de un partido. Pero me fui entrenando, aprendiendo de a poco algunos nombres y ahora hasta me emociona escucharlos. Lástima que haya tan poca gente alrededor mío con quien compartir ese espacio. A mi mamá y mi hermana no les podría interesar menos y creo que a mis amigas tampoco les atrae en nada, y lamentablemente el departamento de machos en mi hogar se ha mudado a Colombia (y al más allá).
Lo entretenido del Mundial fue precisamente eso, que casi todos están al tanto y pendientes de lo que está sucediendo. Podía compartir mis dudas, comentarios y pasiones con muchas más personas. Casi todos los días un partido, era cosa de ver el menú, decidir por quién hinchar, sopesar un par de razones para apoyar a un equipo u otro y sentarse a ver el partido, ¡y no UN partido! Sino varios al día, eso era espectacular.
Me encontré, como nunca antes, programándome para llegar a tiempo a mi casa y disfrutar de un par de horas de fútbol internacional. Aunque muchas veces me hubiera gustado tener a alguien a mi lado para hacer los descargos y comentarios pertinentes, no me sentí nunca sola en eso, porque entendía que un alto porcentaje de la población estaba siguiendo con sus ojos la misma imagen que yo, y no sólo en mi ciudad o en mi país, sino en el mundo entero.
Recuerdo que los primeros días del Mundial escuché en las noticias que habían algunas mujeres movilizadas en algunas partes del mundo para protestar contra lo que ellas deben haber pensado que era una organización que deliberadamente atentaba contra sus relaciones de pareja o la valoración de sus intereses. Lo siento, pero lo primero que pensé fue “¡Manga de histéricas!”. De verdad que incluso algo leí sobre algunas minas que argumentaban que por cada partido al que su pierna peluda aferrara su mirada ellas deberían tener el derecho de ir de compras y hacer que sus tarjetas de crédito pidieran perdón o reivindicaran el pecado. Dulce venganza de la fémina que siente compite por su hombre con una pelota.
Otras chiquillas se lo tomaron con más humor y mientras duraba ese claustro obligatorio en que la mayoría de los hombres del mundo ponían su atención en Alemania y no en sus atributos femeninos, decidieron poner sus atenciones en los atributos masculinos de los jugadores. Eso sí me hizo más gracia y un día me di la lata de buscar en Google algunos rankings de los chicos más guapos del mundial. Pero, y no es por dármelas de alternativa, igual me interesaba más lo que estaba pasando adentro de la cancha que en los camarines de esos sudorosos guapetones. Además, inevitablemente, muchos de ellos terminarían su aventura mundialista de un minuto a otro con un gol que haría la diferencia entre seguir en la carrera o tomar el avión de vuelta a casa y hasta ahí no más llegaría el amor.
La verdad es que yo me quiero contar entre el tercer grupo de mujeres (no las del primero, rencorosas, feministas y paranoicas, ni las del segundo, de buen humor, pero con la preocupación fetichista y frivoloide a flor de piel), es decir, entre las mujeres que disfrutamos el Mundial y el fútbol porque entienden (o en mi caso, estamos en proceso de entender) que esto se trata de algo más que una “manga de pelotudos corriendo detrás de una pelota” (que es una definición que he escuchado salir bastante de la boca de algunas féminas últimamente), sino una pasión.
Pese a ser un deporte, la definición que más me agrada para el fútbol es la de un juego. Algunos fanáticos tal vez me quieran golpear por eso, pero no lo digo peyorativamente, sino todo lo contrario. Lo que me parece bello de él es precisamente eso. Me parece realmente poético que en un mundo como este haya espacio para jugar. Para jugar bonito. Cómo no va a ser increíble que millones de personas le pongan atención a un juego y que de él puedan conseguir alegría, distracción, desahogo, emoción. Cómo no va a ser intenso pensar en que muchos de esos jugadores son el sueño del pibe hecho realidad. El sueño de un niño que tal vez jamás podría haber llegado a ser presidente de la nación, pero que tenía el particular talento de dominar una pelota y trabajar en equipo. Cómo no va a ser lindo que a todo el mundo se le hinche el corazón de patriotismo con la exhibición de un ejército bastante más amable que el que desfila los 19 de septiembre.
Ya sé que aquí hay muchas de mi género que me podrían dar una lista larga de las cosas feas, sólo para seguir sosteniendo que su desgano u odio por el fútbol es justificable. Que la gente se pone xenofóbica, resentida, que las barras son bravas y que cunde el vandalismo, que los jugadores son cochinos y se golpean, que los hombres se pegan al televisor y no te pescan ni aunque se estuviera quemando la casa, y así ir subiendo de nivel hasta llegar a incluir casi intereses políticos y económicos y casos de corrupción en el asunto. Pero yo insisto en hablar de la parte simple. De la parte en que uno goza. De la relación directa entre el espectáculo y el espectador. No tampoco la parte simplista en que sólo reducen todo a “los giles corriendo por la pelota”, porque eso no es un espectáculo para nadie y porque tampoco es verdadero. Niñas, acéptenlo de una vez por todas, para hacer lo que hacen estos chiquillos en una pichanga, en el Estadio Nacional o en el Olímpico de Berlín hay que tener talento, voluntad y sobre todo pasión. Se requiere esfuerzo, constancia y sacrificios, como en todas las cosas. Así que basta de querer encontrarle el lado absurdo o de argumentar que no es valioso sólo porque nadie esté inventando la teoría de la relatividad en la cancha, miren que para practicar algunos vicios femeninos como gastar plata en ofertas de temporada de zapatos tampoco se requiere de una dinámica neuronal muy compleja. No hay nada de malo en que no te guste el fútbol, a mi tampoco me atrae mayormente ver otros deportes como el ski, el fútbol americano y me podría quedar dormida viendo automovilismo, pero de ahí a armarme con un discurso rebuscado y poco menos que juntar firmas para que desaparezcan…es otro rollo.
Sin haberlo pretendido desde el principio, creo que esta publicación se convirtió en mi personal defensa del fútbol y sus seguidores. Mi intención original era comentar que echaré de menos el Mundial y sus noticias. Tal vez, asumir que a veces yo también extraño el fútbol, el estadio, los cantos, la alegría de ver a tu pequeño ejército triunfar, llenar los aburridos domingos con algo de emoción y cariño. Declarar que a veces me alegro soñando que si tengo un hijo me gustaría llevarlo al estadio y enseñarle lo bien que se pasa (aunque me salga de otro equipo), y si es niña, ¡la llevo igual! (no nos vamos a poner prejuiciosos como mi viejo), y que crezca así, yendo los domingos a ver fútbol, que me pida de regalo de Navidad una camiseta de su equipo favorito, que se ensucie jugando aunque sea de portero y que en algún Mundial nos sentemos en familia en un sillón cómodo a ver cuán bonito juegan los soldaditos.
Bueno, y se nos acabó el Mundial. Por lo menos nos va quedando el Campeonato de Clausura. Si tan sólo hubiera un hombre en mi casa tendría una buena excusa para contratar el Canal del Fútbol. Por el momento me tendré que conformar con mi walkman.
lunes, julio 10, 2006
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1 comentario:
Gracias, de verdad gracias. Es emocionante leerte, me hiciste recordar cuando yo era un niño y mi papá me llevo al estadio a ver el primer "clásico" de mi vida y como he tenido que batallar para tratar de explicarle a tanta gente esa magia colmada de pasión que llevo desde entonces, como he tenido momentos inolvidables y tardes maravillosas en torno a un sencillo juego. Hiciste que recordara mi radio pequeña a pilas, la cantidad de canciones que he cantado con la gente, mas de un viaje aprovechando que el partido era en viña o rancagua. En fin, te doy las gracias nuevamente por hacerme recordar. Para mì el futbol tiene exactamente el rostro que tu describes, ese que me hace volver a la infancia por mas o menos 90 minutos.
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