jueves, marzo 08, 2007

Planifica tu viaje

Cuando parecía que no hubiera nada más fome para leer que el Nuevo Testamento, las Páginas Amarillas (versión impresa) o la Sección de Economía y Negocios del Mercurio, llegó hace algo más de un mes a nuestros hogares la guía del usuario para el Transantiago con su mapa de recorridos adjunto.

No es que aspire a tener lectores internacionales, pero pónte tu...en una de esas, así que acá va la breve explicación: Transantiago se le llama al nuevo sistema de transporte público que se ha implementado en nuestra capital, basado en el sistema Transmilenium de Bogotá. La idea básica es que existan buses locales (para los recorridos pequeños dentro de un sector), buses troncales (que hacen recorridos mayores en las vías más importantes), y que ambos tipos de buses se complementen con el Metro. Así, entonces, los recorridos que antes hacías en un solo bus, ahora debes hacerlo en, por ejemplo, un bus local que te conecta con el troncal o el metro, y tal vez allí volver a abordar un bus local.

No suena bien así no más. Por eso existen más explicaciones. Si, es probable que tengas que andar en varias máquinas para hacer el mismo recorrido que antes hacías en una sola, pero aaaaaaahhhhh!!!...no tienes que pagar extra. A menos que combines con el Metro...o que hayan pasado más de 90 minutos, o que estés haciendo un "recorrido de vuelta"....


Bueh...tampoco suena taaaaaan bien así. Pero ¡esperen!, hay más explicaciones. En las calles habrán muuuuchos menos buses, lo que contribuye en gran medida a disminuir la contaminación ambiental y acústica, y bueno, también contribuye a que los pocos buses que pasan vayan más llenos, y pasen con menos frecuencia, y la gente tenga que esperar haciendo colas eternas para subirse al bus...

Sigue sonando mal. Expliquemos más. Ivan Zamorano ya nos lo dijo "Planifica tu viaje". Eso quiere decir que deberías ser estratega y conocer la serie de acciones, requerimientos, deberes, derechos, tarifas, recorridos, etc. etc. varias horas antes de intentar poner tu patita en un artefacto Transantiago. "¡Sal de tu casa más temprano!", decía con una sonrisa de patilla a patilla...Claro que no nos dijo la otra parte "¡Llega a tu casa más tarde!". Si, porque en verdad a todos los que alguna vez osamos abrir el famoso mapa con los recorridos del Transantiago casi nos dió un ataque epiléptico como ese que sufrían los cabros chicos cuando veían no sé qué monos japoneses de la televisón que les provocaban convulsiones, porque el cerebro no puede procesar tanta información y estímulos visuales al mismo tiempo. ¡Se nos cae el sistema!. Ni para leerlo en el baño sirve, hasta la caca se estresa mirando ese mapa. Y bueno, nos dio tanto estrés sólo pensar en abrir el mapa, que por supuesto pocos lograron planificar su viaje. Pero la parte buena es que igual ahora todos salimos de nuestras casas más temprano y llegamos más tarde.

Insisto, este asunto no suena bien, pero hay que hacer el esfuerzo por seguir viendo el lado positivo. ¡Todos queremos menos buses en las calles!. Está de sobra decir que la contaminación en nuestra ciudad es infernal, así que varias menos emergencias ambientales por smog o un poco menos de tímpanos rotos es genial. Aunque...claro, de momento hay más automóviles en las calles, porque las personas que no entienden qué bus tomar y dónde, o que tienen que caminar 20 cuadras para llegar a un paradero, decidieron no dejar más sus autos en las casas y salir en ellos...y claro, eso igual contamina y contribuye a los embotellamientos... Pero al menos les da más pega a los locutores radiales que hacen esos programas con alto contenido cultural y social para ayudarnos a sobrevivir esas tediosas horas gastando bencina (que está re barata...) pero no moviendose un milímetro.

Lo rico es que el Transantiago es un sistema que nos hace sentir iguales. Si, estamos creciendo con igualdad. El Transantiago es de todos y para todos. Sobre todo es un enorme beneficio para la gente que vive en la periferia de la ciudad. Ahora en lugar de pasar una hora y media arriba de un bus, pasan dos horas y media arriba de 4. Pero bueno, no se pueden quejar porque no pagan 4 buses, sólo uno, en los primeros 90 minutos....o sea, en verdad, tal vez paguen unos 2. Pero igual no pagan 4, que sería un crimen porque la gente que vive en la periferia de Santiago es la más pobre. Bah!...igual hay unas familias con varios milloncitos que viven en la periferia, pero esos no andan en Transantiago. Esos probablemente se abastecieron de autos para todos los miembros de la familia. Igual los ricos lloran porque por mucho que tengas un auto propio y del año no te puedes salvar del taco. El embotellamiento es democrático.

Uff, esto está difícil de exponer de una manera positiva. Pero sigamos viendo. Hay un detalle que no podemos olvidar y siempre ha sido nuestro orgullo como ciudad, así que ahí podemos ver el lado flamante del Transantiago: el Metro. Es la única máquina que todos sabemos dónde empieza su recorrido, dónde lo termina y dónde hace paradas. Es lindo el metro, es seguro, limpio. Además muy exitoso porque como es lo único que entendemos ahora todos queremos andar en metro, y ha llegado a tener una afluencia diaria de ¡hasta 2 millones de pasajeros!. ¡Increíble! Un tercio de los habitantes de Santiago metidos en el metro, es genial. Yo creo que los he sentido a todos. Sus olores, sus formas, etc. Nos estamos pareciendo a Japón y eso es buenísimo porque quién no quiere parecerse a Japón, si son tan modernos. Claro que...aunque podría ser una instancia para socializar, para conocer empírica, físicamente cómo es cada chileno (recordemos que la campaña dice que compartamos un metro cuadrado con otras 5 personas), el asunto está tomando tintes medios depravados. Se están haciendo pan de cada día los manoseos, punteos, piropos hot y esas cosas inevitables. Ahora, yo no sé bien cómo distinguir un acoso sexual en el metro si en el fondo estás tan pegado a un "nn" que debe ser imposible que partes de su cuerpo no esté pegado al tuyo, y bueno...hay partes del cuerpo más elevadas que otra. Ayer pasé como 15 minutos de mi recorrido en metro tratando de no darle un beso al tipo que venía al frente mio.

Bien, me está frustrando este intento de verle el lado amable. No hay caso, detrás de cada caballito de batalla del Transantiago hay una serie de eventos que se descuelgan que no son nada buenos. De momento, la calidad de vida no es nada mejor, sino todo lo contrario. Es cosa de verle las caras a los usuarios que serían capaz de descuerar al Zamorano si tuvieran la oportunidad. Es inevitable echarle puteadas a la cantidad de autoridades y políticos que salen en la tele. Ya sea que están hablando a favor del Transantiago o en contra, la puteada es la misma: "¿Y qué habla este conshesumare?, ¿¡acaso se ha subido alguna puta vez a un troncal de mieeeerda!?".

En verdad está difícil hacerle publicidad al asunto. Pero, yo digo...a las autoridades: No es que no queramos, señores. No es que no tengamos voluntad para hacer cambios, no es que no pensemos en las nuevas generaciones y todas esas cosas que se suponen que van a mejorar. No es que no confiemos en el sistema. Lo que pasa es que no confiamos en ustedes, que son los que lo ejecutan. Así que, hágannos un favor y no hablen tanto, ya la cagaron, dedíquense a parchar el error, como siempre y déjennos echar puteadas tranquilos.


domingo, febrero 18, 2007

Y me voy!, que lástima, pero adiós!

Bien, hace meses que no escribo, y no me disculpo, muchas cosas pasando en mi vida :). Tampoco pienso escribir ahora, porque me voooooy!!! Tal vez en Buenos Aires las musas (o muso) vengan y me inspiren, jejeje.
Adeus!

lunes, diciembre 18, 2006

La Herencia del General

Me ha costado comenzar esta publicación. He tenido la idea de sentarme a escribirla desde hace una semana atrás, pero creo que su retraso no sólo se debió a la carencia de tiempo y tranquilidad, sino a la necesidad de ir decantando el tema a medida que pasaban los días.
Como siempre, la muerte no es un concepto que se pueda digerir en un par de horas o un día. Es burocrática también. Es imposible procesar sus efectos sobre la cotidianidad sin esperar a vivir, efectivamente, la carencia de lo que la muerte se llevó cada vez que sale el sol por la mañana y se retira en las noches.
Yo, que me encontraba medianamente entrenada en los terrenos de la vivencia de la muerte, jamás creí que habrían tantas cosas sobre ella que me siguieran superando.
Hace una semana y unas horas atrás alguien me sugirió encender la televisión y poner atención. Apenas lo hice leí algo que, por más que hubiera imaginado, jamás creí que realmente sucediera (¿por qué esa incapacidad de evaluar como real la posibilidad de que alguien muera, si es la única certeza que tenemos de cualquier organismo vivo?). El dictador ha muerto. En verdad, lo que leí fue "Murió Augusto Pinochet", pero en los tres metros que me separaban del televisor el mensaje viajó y se reformuló al llegar a mi pecho y a mis ojos: "Murió el Dictador".
A los pocos segundos ya estaba alzando la voz para poner al tanto a mi madre. Pero me fue imposible simplemente gritar "¡Murió Pinochet!". Me di un tiempo antes de pronunciar la frase que a mi boca, labios, corazón y cerebro le era tan ajena.
Ante la noticia muchos reaccionaron distinto. Unos cuantos celebraron, unos cuantos lloraron las primeras lágrimas de un sentido y profundo duelo, y otros, como yo...simplemente se sumergieron en la reflexión. A lo primero que atiné fue a sentarme y dejar que la historia fuera contada y escrita frente a mis ojos. Nada menos...ese era un hito histórico para mi, y debía observarlo con atención, tratando de recordar cada trozo de información que me llegara. Me sucede eso...sentir una tremenda responsabilidad de retener en mi memoria los sucesos que considero relevantes, para que cuando mis hijos me pregunten qué era de mi en ese momento del que han leído en libros de historia (como siempre he hecho yo con mis padres) poder explicarles qué me sucedía, qué escuchaba, qué leía y cuál era el contexto en que yo vivía todo aquello. A poco andar de la noticia, comencé a invadirme de esa confusión de la que muchos fuimos víctimas. Al mismo tiempo sentía rabía, pena, respeto, incredulidad, vulnerabilidad, etc.
Permanecí sentada frente a mi computador, detrás de mi las noticias se sucedían en el televisor, y yo me levantaba cada tanto para ir a la pieza de mi mamá a comentar algo nuevo que estaba sintiendo o pensando. Recuerdo que el primer sentimiento que logré articular para expresarle fue la compasión que sentía por la cantidad de personas que fueron reales víctimas de los horrores de la dictadura. Pensaba en ellos y sentía sincera tristeza de imaginar que todo el sufrimiento que han cargado por años se quedó sin un rincón, sin un personaje, sin un recipiente en el que pudieran arrojar toda su ira. Por décadas el único alivio que podían tener era el de desear que Pinochet pagara, de alguna forma, el infierno que les construyó. La única acción, lo único que nadie les podía quitar, era el simple, vulgar, intenso insulto. Si la justicia fallaba, si él declaraba frases colmadas de sarcasmo y crueldad, si despertaban con la noticia de que no sólo fue un tirano, sino también un ladrón, un vulgar pirata que no repartió el botín con su tripulación...al menos podían fantasear con la idea de elevar un grito con una maldición dedicada a su persona, eso era algo que siempre se pudo hacer. Ahora, sólo les quedaba insultar a un muerto.
Pronto vino la sorpresa. Creo que muchos la sentimos. Hace un par de años que estaba convencida de que ya nadie podía ser pinochetista. Separé hace mucho la idea de que ser partidario de la derecha (y, hay que decirlo, hay muchas derechas, así como muchas izquierdas) iba inevitablemente ligado a ser partidario de Pinochet. Brotaron de los closets más marginados del país. Miles de personas lloraban la pérdida de su General, de su salvador, de su héroe. Tenía una teoría basada en lo que mostraban los medios, creí realmente que los pocos que habían superado el hecho real de que su héroe fuera un violador incansable de los derechos humanos no podrían jamás perdonarle que fuese un ladrón. Eso ya me parecía incomprensible. Que hubieran personas que justificaran más sus órdenes de eliminar, torturar, desaparecer a miles de seres humanos, compatriotas, vecinos..., pero que se asqueaban con saber que había asegurado la abundancia económica suya y la de sus herederos apropiándose del patrimonio nacional. Eso estaba claro, muchos de sus partidarios cesaron en ese momento de apoyarlo. Aceptaron al genocida, pero no al ladrón. Hasta ahora. Eso creíamos hasta ahora, y estábamos equivocados.
Años de haber reprimido su lealtad hacia aquel General. Años, probablemente, de pudor y vergüenza de declararse pinochetistas (así como el otro bando pasó años con miedo de declararse públicamente izquierdistas), se fueron a las pailas cuando encontraron una fecha y una hora en la que todos estaban dispuestos a derrochar fanatismo. Yo no los culpo, me parece lo más normal del mundo que al ver congregarse a muchos que sentían igual que ellos se desbordaran por las calles, gritando a los vientos lo que hace mucho no podían. Eran muchos, nos sorprendieron. Varias generaciones, mucho sentimiento, mucha pasión, muchas personas...declarando al mundo entero que Pinochet no era un dictador, que se merecía honores de Estado, que era un santo, un mesías. Por una parte, aunque siempre rechazando los actos agresivos y violentos de unos pocos, me alegra, o al menos me conforma, saber que en mi país esas personas encontraron sus horas de libre expresión, aunque dijeran cosas tan distintas a las que pienso. Me impresionaron, y los respeto. Pero pronto pasé del respeto al miedo, cuando vi saludos nazis frente al ataúd, cuando expresarse libremente se transformó en actuar violentamente, en rechazar al otro, en ofenderlo, en el impulso primitivo de desear con toda la sangre que el pensamiento diferente desapareciera, se eliminara, y se impusiera la verdad propia.
En ese momento sentí pena por mi pobre país. Por la cantidad de basura barrida debajo de la alfombra. Sentí incertidumbre. ¿Cuánto tiempo más tendremos que vivir con heridas abiertas y cicatrices que duelen con el frio?. ¿Cuántas generaciones recibirán esta podrida herencia que nos dejó este triste General?.
La muerte es tan insólita. Sucede en milésimas de segundos. Ese es un tiempo demasiado pequeño como para asimilar lo que ha sucedido. Tantas veces, tantas personas desearon su muerte, y con eso no bastó. La intensidad del sentimiento no hace que los sueños se vuelvan realidad, ni para bien ni para mal. Si así fuera, muchos habrían muerto y muchos resucitado.
La muerte es algo muy inmenso y muy fugaz como para asociarlo a la cantidad de generaciones que dañó este personaje. Desaparece él y no desaparecen los años de dictadura, traición, horror y humillación. Desaparece la dictadura y no desaparece la constitución que nos esclaviza. Desaparecen muchas cosas y la fractura en el corazón del país no desaparecerá nunca, es más, será plasmada de mil formas en libros, y las próximas generaciones seguirán nutriéndose de los efectos que tuvieron las decisiones de unos pocos, encabezadas por ese simple mortal que alguna vez soñó para si grandes cosas y no encontró mejor forma de lograrlo que convirtiéndose en uno de los traidores y tiranos más grandes de la historia contemporánea.
Creo que siempre será un misterio lo que realmente pensaba Pinochet acerca de sus actos. Nadie sabrá a ciencia cierta si sabía que había cometido atrocidades y no le importaba, o de verdad creía que la crueldad y la muerte eran justificables por el argumento del desarrollo y la extirpación del cáncer marxista. Eso se lo llevó. Ni siquiera se lo llevó a una tumba, tuvo la particular decisión de llevárselo consigo y convertirlo en partículas de polvo.
Esta semana ha sido extraña. Volví a sentir miedo de pensar como pienso, de que eso pudiera incluso dañar mi integridad física. Sentí miedo de ver que cuando el dictador hace noticia este país no encuentra espacio para reconciliaciones, perdón u olvido. Tal vez no deba haberlas, tal vez sólo el curso natural de las cosas es lo que aleje a Chile de este dolor. Quizás todo realmente acabe cuando la muerte se lleve a todos quienes aún sufren por el recuerdo. ¿Sólo la muerte nos puede sanar?
Se lo llevó la muerte, y la vida sigue. Nos enmudeció el suceso, nos paralizó, nos conmovió a todos los sectores y colores políticos. Pero la vida sigue. El día martes después de su entierro pasé por el frente de la Escuela Militar, algunas flores colgaban de las rejas, con imágenes del general, pero ya no había gente, la noticia estaba terminando. La vida estaba continuando. La Escuela Militar sigue en el mismo lugar, la estatua de Allende también, volvió a estar sola y fría cuando acabaron los festejos. Caminé por el pasillo subterráneo de la estación de metro, pensando en lo raro que era que todo pareciera normal si hacía pocas horas el cuerpo de Pinochet yacía en medio de un país consternado. Irónicamente un sujeto se ganaba la vida sentado en el suelo, tocando su guitarra y cantando "tantas veces me mataron, tantas veces me morí..."
Aun hay personas que dicen que quien murió hace una semana es el Padre de la Patria. Bueno, tal vez lo sea, pero ser padre no implica ser un BUEN padre. El quería serlo y también necesitó que sus "hijos" fueran agradecidos de su rol. La gran mayoría no le agradecemos que nos haya reconocido como hijos. Afuera, el mundo nos miraba como huérfanos. Creo que ese es realmente el castigo de Pinochet, haberse proclamado padre y ser pésimo en eso. Los padres quieren trascender, legar su apellido, darle a sus hijos una vida mejor que la que ellos tuvieron. Pinochet falló en eso. Debe ser realmente triste ser esa figura. A sus hijos de sangre les heredará sus condenas civiles y el tremendo peso de llevar ese apellido conocido y condenado mundialmente. A sus hijos de patria les heredó terror y rencor. La esperanza que nos queda es desarmarnos como familia, olvidar que en la cabecera de nuestra mesa se sentaba esa siniestra figura, dejar los puestos, independizarnos...y quizás algún día nos volvamos a encontrar todos, ya no como hermanos e hijos de este horrendo padre, sino como compatriotas.

domingo, noviembre 26, 2006

La Exiliada

Hace mucho que no escribo. No es falta de ganas, sino de tiempo. He pasado el último mes y medio sumergida en la vorágine laboral, porque, gracias a Dios, encontré pega. Lo que escribo hoy es algo que venía pensando hace días en escribir, pero sólo ahora encuentro los minutos.

Sucede que hace una semana asistí a mi ceremonia de titulación. Gran evento, se supone. Como que no lo noté hasta que me encontré buscando desesperadamente una faldita para vestirme digna de la ocasión. Para mi no era tanto el revuelo que había que hacer, simplemente encontraba importante recibir (al fin) aquel cartón que no sólo costó sangre, sudor y lágrimas, sino también varios millones de pesos. Cuando me vi bien señorita rodeada de mis compañeros que se titulaban algo comenzó a hacer click en mi. El 95% de los graduados eran chicos al menos 4 años menores que yo. Una serie de sillitas forradas en tela con los nombres de cada graduado me hizo retornar muchos años en mi vida. Seguro, cada uno de esos chicos había tenido su última graduación no tantos años antes como para realmente estar desacostumbrados, pero algo para mi no estaba del todo correcto. De pronto me sentí pequeña de nuevo. Una niñita dando un gran paso. No entendía mucho porque en verdad mi gran prueba fue mi examen de titulación. Eso si que fue difícil. Esto era un showcito…entonces ¿por qué me llegó tanto?.

Un día antes de la ceremonia me puse a pensar en quienes no estaban. Recordé a mi papá, que murió hace casi 6 años, y a mi hermano que vive en Colombia. Se me ocurrió que debía, de alguna forma, llevarlos conmigo. Busqué en mis cosas un reloj de mi viejo. Pensé en llevarlo conmigo al minuto de recibir mi diploma y pensar en él y en mi hermano. Luego decidí que no, que debo dejar el plano material. Que bastaría sólo con recordarlos en ese momento.

Cuando escuché, después de muchísimos nombres, el mío…me tomó desprevenida. Me levanté rápidamente de la silla, caminé por el pasillo, subí al escenario, saludé al rector de la escuela, tomé mi diploma, recibí un par de flashazos en los ojos y volví a bajar y caminar por el pasillo en dirección a mi asiento. No creo que todo eso haya tomado más de un minuto. Recién al sentarme miré mi cartón, lo leí y sentí que algo había pasado. Me quedé como en blanco unos segundos y me di cuenta. Había fallado en algo y el minuto ya se había ido. En el escenario no busqué la figura de mi madre y de mi hermana…y no recordé llevar en mi corazón a mi padre y a mi hermano. No pensé en nada más que en mi. Me sentí muy mal. Muy mal. Creí ser la criatura más pequeña, egoísta e insensible del planeta. Los olvidé a todos. Me puse por sobre todos.

Luego de la ceremonia no lo hice mejor. Se retiraron las sillas (no sé cómo!, jamás vi como las sacaban) y salieron algunos mozos con copas, vasos y cositas pa comer. No recuerdo qué hice, sólo sé que en algún minuto decidí buscar a mi mamá y mi hermana. Cuando las encontré, me separaba a cada rato de ellas para ir a saludar a algún compañero o profesor. Tenía ganas de compartir con ellos ese momento que era tan nuestro…Hasta que nuevamente me di cuenta de que había olvidado no pensar sólo en mi. Fui donde mi familia y les dije que nos fuéramos.

Partimos a un lugar bonito a brindar y comer algo. Mi mamá y mi hermana hablaban hasta por los codos, ambas estaban muy contentas y radiantes. Yo me sentía deshecha. Moría de sueño y de mi boca casi no salía ninguna palabra. Cuando me preguntaron por cómo me sentía, quise mentir. Pero les dije la verdad, les conté que me sentía rara. Ellas pensaron que me dolía que mi papá y mi hermano no estuvieran ahí, pero no era eso. Me sentía rara porque hacía mucho tiempo que no pensaba en mi por sobre todos y ante todos y sin acordarme de los demás. Y me sentía culpable de haberlo hecho.

Por lo general, cuando decido que debo pensar en mi implica un esfuerzo. Para mi no es nada fácil no pensar en alguien más y amoldarme a sus necesidades o gustos. Por eso estaba sorprendida de este involuntario, espontáneo y avasallador ataque de egoísmo que me bajó justo en el minuto que le debía a tantas personas.

Al día siguiente me levanté como todas las mañanas a trabajar. Pensé que me iba a sentir distinta, pero no fue así. Cerca de medio día ya comencé a notar que no me sentía del todo igual a las jornadas anteriores. Me estaba sintiendo cada vez más pequeña.

Hace tiempo atrás mi ego profesional (al menos) se comenzó a inflar. Ya no me sentía una niña de pecho trabajando, no temía no poder llevar el ritmo de una vida llena de responsabilidades y dead-lines. Pero todo eso se me ha estado yendo un poco a la mierda estos días. Sé que etáriamente no soy una niña, pero no logro sentirme una adulta. Creo que era muy grande cuando aún estudiaba y trabajaba. Para ese contexto era una adelantada, ahora me siento muy atrás en la competencia. Antes tenía mucho, para no estar titulada había logrado cosas fantásticas. Ahora todo me parece incierto.

Recordé lo que alguna vez Mr. L me decía. Que cuando alguien deja la universidad se sume en una crisis de identidad. No se siente perteneciente a algo. Ya no compartes la calidad de estudiante, compañero, alumno con otros. Te soltaron y te quedaste parado en la calle. Ya debes dejar ese lugar donde no te tenías que presentar, donde la gente ya sabía tu nombre, tus caras de trasnoche, tus mañas y tus cosas lindas, tus talentos y tus dificultades. Ahora, a donde vayas tienes que poner tu mejor cara y esperar a que pase el tiempo y te comiencen a conocer, y te digan que vuelves a pertenecer a un lugar donde todos comparen la bendición de “ser de ese lugar”. El punto vulnerable está en cuando no te sientes simplemente graduada, sino EGRESADA. Yo no quiero tener que irme de ninguna parte y ninguna persona, sólo quiero entrar, siempre quiero llegar…

Así de niña como me he sentido estos días he extrañado a mi arbolito. No a mi padre, ni mi viejo, ni mi pelao. No al caballero que me mantenía y me proveía de todos mis caprichos. No al personaje que me evitaba malos ratos o que siempre me decía que era linda, sino a mi arbolito. En verdad, arbolito es de cariño, porque como lo siento ahora sería un inmenso roble. No extraño su dinero, no extraño las comodidades. No lo imagino resolviendo mis problemas como si fuera un ser mágico. Simplemente extraño la idea de acercarme a mi arbolito, tenderme bajo su sobra, apoyarme en su tronco, cerrar los ojos y descansar. Reposar de mi miedo de sentirme tan niña. No tener rollos con sentirme niña. El problema es que cuando te sientes pequeña así, sin arbolito, apenas pasan unos segundos y tu “sentirte niña” se convierte en “sentirte huérfana”. Huérfana de arbolito.

Me encantaría encontrar un nuevo árbol al que acudir. Que sea fuerte y grande, que quiera por unos minutos ser más grande que yo y me haga sentir que está bien que me sienta chiquita, que no es un problema.

De momento es un problema y escribo esto para dejarlo atrás y volver a actuar como adulta.

Pasaron muchos años, mucho trabajo, muchas evaluaciones, muchas pruebas. La noche se fue, la ceremonia pasó y mi cartón yace protegido debajo de algunas revistas en un costado de mi escritorio. Las flores que recibí lucieron un par de días su belleza, pero ya se marchitaron. Ahora que me siento en un exilio, voy a recorrer algunas calles esperando encontrar un lugar o un corazón que me quieran albergar por un tiempo.

PD: A mis queridos amigos y ex compañeros les deseo lo mejor del mundo. Siempre tendrán un país en mi.

miércoles, octubre 18, 2006

¡Que venga la modelo!

Hay minutos, dentro de toda la vorágine de problemas, micros, cuentas que pagar, pega pendiente, rollos amorosos o familiares, en que uno simplemente se sienta frente a la televisión para hacerse preguntas que, por absurdo que parezca, realmente te intesaría aclarar (aunque sea por esos pocos segundos). Es como si llegaras a tu casa después de haber sobrevivido un trabajoso día (o antes de tener que empezarlo) y hay como un duendecillo burlón dentro de esa cajita que te está mirando y sacando la lengua. La pregunta más básica, la del millón de dólares, es : ¿Qué mierda creen que somos?. Los productores, avisadores, pseudo creativos (copiadores con éxito) y toda la manga de gente que trabaja “para llevar a Ud. la transmisión diaria de nuestro programa”, o son realmente maquiavélicos o tontos…nunca se sabe. La televisión local suele ser una basura (apuesto que los colombianos, ecuatorianos, mexicanos podrían decir lo mismo de su propia localidad). Lo más ridículo de todo es que jamás he escuchado a nadie decir que encuentre que la programación televisiva chilena sea buena. Ok, de acuerdo, todos tenemos programas regalones o placeres culpables que no dejamos de ver o salvan, pero en promedio esos llenan pocas horas de la parrilla programática, o simplemente desaparecen por falta de raiting como aquel hito televisivo que fue Plan Z.

Yo de verdad no lo entiendo. Cómo puede ser que las cosas buenas desaparezcan porque nadie las ve y hoy resulta que no hay nadie que no pertenezca a ese gremio de intelectuales con alma de pendejos que no haya visto programas que pasaron a la gloria, pero que son los mismos que no les daban ni un peso a los empresarios (o que los empresarios no daban un peso por ellos). Es un tanto deprimente saber que son las grandes marcas las que nos compran espacios televisivos, más triste es entender que esas grandes marcas no nos dan crédito. Al parecer creen que somos un tanto primitivos, que necesitamos potos, pechugas, colalesses, chistes malos y rascas, mucho escándalo de vidas ajenas y harto, pero harto baile.

Ahora, yo no me las doy de la levitadora oficial que jamás a caído en las garras de la TV chilena. Asumo que me envicié en los comienzos de la “Era reality”. Pero ahora me aburre de frentón la oferta programática.

Será cierto eso que dicen que el pobre chileno necesita escapar de sus problemas, llegar a su casa después de un arduo día de trabajo (o de sacar la vuelta y alimentar el círculo vicioso del angustiado que siempre tiene mucha pega porque nunca la hace!), y no tener que hablar de sus rollos, sus atados con el jefe, ni pensar en mirar la planilla Excel donde tiene anotado en rojo el saldo de su cuenta corriente (los japoneses tienen maniobras más interesantes para superar ese mismo problema: las geishas). Será que en verdad es una especie de droga entrar al mundo de los famosos.

Hay que recordar que en el universo de los realities primero estuvieron los absolutamente desconocidos participantes. Ya…todos nos entreteníamos mirando las payasadas y neurosis de la “gente como uno”, parece que así, mirándolo como desde lejos no nos sentíamos tan freaks, y al menos siempre quedaba el alivio de pensar que uno está loco, pero nunca tanto como para mostrarlo en televisión pública. Pero eso también nos aburrió. Inmediatamente hubo que jugar con los famosos. Algo con más comidillo y mejor ganancia económica. Fue el boom de todos los medios, todos hablando de eso. Vimos a los famosos, ya no sólo haciendo lo que hacen (que es lo que los hace famosos) sino también gordos, flacos, feos, bonitos, comiendo, muriéndose de hambre, mostrando la hilacha, peleando, pelando, etc. En definitiva, las grandes marcas decidieron que era buenísimo (para ellos) poner a una tropa de gente que mostrara al resto NO lo que hacen bien, sino todo lo que pueden hacer mal. Uno se proyecta con el otro en el error más que en el acierto. Ahora, lamentablemente eso no nos hace más empáticos porque nos encanta tener tejado de vidrio y así y todo moler a piedrazos el del otro.

Pero filo, más que llorar sobre la leche derramada por años en las pantallas locales, voy a quejarme por la leche que está derramando en los dos canales de televisión más grandes de chilito. Insólito. Me pregunto yo cuánta plata estarán gastando y estarán ganando una serie de personajes para salir al aire con dos programas que se tratan de lo mismo. Ya no basta con ver a desconocidos bailando. Ahora hay que ver a famosillos bailando. Famosillos que le pegan más o menos al asunto, gente que está ahí claramente para ganar (digamos que es una inversión mediática mientras no tienen un late show propio) y otros que están claramente para hacer el ridículo (con menos dignidad, es también una inversión, de alguna forma hay que estar en pantalla aunque sea dando pena). Honestamente…¿quién puede poner a competir a la Paty Maldonado en el mismo escenario con la Marlen Olivari?. Bueno…y había gente que apostó que esa era una genial idea y lanzó un programa igual, pero con otro nombre, donde la comadre de la Maldonado compite con el Director Técnico más odiado en la última década.

No me extrañaría que siguieran reciclando la fórmula. Es como si un canal hiciera una producción propia de Betty la Fea, pero que se llamara “Jenny la horrible” y a la semana el otro canal lanzara (con una patudez increíble) “Elizabeth la mala”. Lo mismo, no nos engañemos, porque incluso ahora que escribo esto y que estoy viendo uno de los programillas de famosos bailando…¡Oh!, pero…¿qué veo?, ¡un poto!...mira, y unos segundos después ¡un chiste rasca y fome!. Reduzcan la fórmula de nuevo: poto (o en su defecto pechuga) + humor rasca (doble sentido o picarón) + baile (y música, por supuesto)…y tendrán el programa perfecto. Ese que todos dicen que tiene alto raiting y donde todas las marcas quieren avisar. Ese programa imbatible al que un minúsculo Plan Z, Gato por liebre o Plaza Italia jamás podrían asustar.

¿Tendrá la televisión un ciclo?, ¿así como la vida y la historia?. Eso espero, y ojalá que el ciclo esté finalizando, que explote y que vuelva a comenzar de cero. Más vale un programa en blanco y negro que mil pechugas volando.

lunes, septiembre 04, 2006

Renuncio


De todas las personas que conozco, creo que yo soy la que más ha cambiado. Hablo de cambios a nivel del ser, más que físicamente, más que un cambio de contexto o estilo de vida (que también he tenido). Yo he cambiado, me atrevo a decir que he evolucionado, en relación a las cosas no biológicas que suceden adentro de mi cuerpo.

Desde hace un mes o algo así que emprendí un nuevo camino. Quise experimentar la renovación de mi ser, el desapego, el tomar las cosas como oportunidades más que crisis, cambiar la estructura de mi lenguaje, porque el lenguaje es lo que nos estructura (y limita, muchas veces). Estoy aprendiendo cosas nuevas y estoy tranquila. Estoy decidida a convertir los antiguos malestares en bienestar, los supuestos sufrimientos en alegrías. Estoy convencida de poder darme mucha felicidad a mi misma, dejar de esperar a que me la vengan a entregar para empezar a gozarla. Trato de ver a las personas como son en lugar de cómo yo quisiera que fueran y las clasifico en su justa medida. Intento no juzgarlos, que sus virtudes o defectos no tengan un efecto directo en mi integridad. He empezado a disfrutar mucho de los pequeños momentos que paso con las personas, sin la expectativa de volver a verlos o de retribución de algo. Acepto lo que me dan, acepto lo que no me dan y doy hasta donde mi, ahora florecido, mundo interior no se vea afectado. Eso me hace sentir muy bien y ha depurado mis relaciones a veces a niveles donde sólo encuentro goce en mis encuentros con otros seres. La decepción es una mochila pesada que depende más de uno que de los demás. Yo no quiero sufrir decepciones, simplemente quiero creer que cuando descubro algo que no me hace sentido o bien en los demás…me estoy dando cuenta de una verdad y hay que asumirla con tranquilidad y sin aprensiones.

Otras situaciones en mi vida me habían hecho emprender este camino y he puesto a prueba mi voluntad y firmeza de mantenerlo, tanto así, que hoy he traspasado una gran barrera: hoy dejo ir las cosas y las personas, hoy renuncio.

Pocas veces en la vida me permití con más claridad y tranquilidad renunciar. Dejo de establecer límites tan ambiguos como el de “tal vez no he hecho todo lo que he podido al respecto”. Dejé atrás la abstracción de las lealtades. Soy leal sólo a mi misma y mis criterios. Me di cuenta que creer que le debes fidelidad (o lealtad, que en el diccionario son lo mismo) a algo o alguien es una construcción muy pesada que uno mismo hace acerca de una fantasía, no en base a la realidad, porque es muy difícil para un simple mortal ver la realidad. Si te enfocas en la lealtad hacia ti mismo, no te puedes equivocar, en cambio si idolatras el compromiso que sientes hacia otra persona o institución simplemente te engañas a ti mismo. Basta de soñar con la fidelidad y la lealtad, ya la tengo en mi misma, para mi.

Aunque todo esto pueda sonar algo frío y calculador, en mi es un triunfo quererme más a mi, protegerme más a mi, hacerme feliz a mi, darme placer a mi por sobre el resto. Las cosas buenas para los que me rodean vendrán por añadidura si soy una mujer equilibrada.

Hoy renuncié a mi pega. Pensé en mi, ahora casi siempre estoy pensando en mi. Pero no como antes, no como cuando pensaba en mi en pos de algo o alguien a quien adornaba con hermosas fantasías. Las cosas son como son, no se puede llorar sobre la leche derramada. No me he vuelto fría ni descariñada, al contrario, la calidez y el cariño lo he volcado en mí y en las cosas y personas que realmente valoro y sé que me valoran. Las cosas fugaces, los fuegos artificiales que se apagan…los miro desde la distancia, aprecio su belleza, pero apenas terminan me doy la vuelta tranquilamente y sigo mi camino. Ahora ya no doy vueltas en círculo, mi paso está más firme y enfocado en el presente. Es la única forma de avanzar.

Cerré un ciclo. Dejo atrás una situación en la que ya no me siento cómoda. Estoy tranquila y feliz de haber tomado mi decisión. No tengo miedo a lo que vaya a ocurrir porque, salvo un par de grandes esperanzas, no pienso en el futuro. No me he vuelto egoísta, sólo dosifico, en la medida que lo amerita, lo que doy para ciertas causas. Con templanza asumo que hay causas perdidas y las destierro de mi ser. He instalado una sutil pero fuerte cortina entre mi intimidad, mi espíritu, mi humanidad y lo terrenal, lo corpóreo (como dirían por ahí “El mundo de los deseos”). Hoy separo materia de emoción, sin renunciar a ninguna, sólo separándolas cuando es debido.

En el lugar que dejo ya no hay espacio para mi materia ni para mi lealtad. No soy leales con quienes no muestran compasión ni fidelidad hacia mi. Tampoco mi plan es hacerles daño, simplemente transar con la misma moneda. No significa que si me encuentro con un suceso oscuro yo lo enfrente con igual oscuridad, no me interesa estar cerca de lo negativo. Mi manera de pagar la negatividad es con la indiferencia, o mejor dicho, el desapego.

Hoy, cuando de mi boca salió con claridad un “Quiero renunciar”, me di cuenta del bienestar que me produje. He tenido otros momentos últimamente en que no he pronunciado la frase, pero igualmente he renunciado y también me han dado paz. Hoy soy una mujer feliz. Eso es hoy. Un día a la vez. Mañana tendré otros presentes. :)

domingo, agosto 27, 2006

La baldosa

Hoy, al despertar, recordé un episodio de hace muchos años. Saco la cuenta…deben ser al menos 4 años atrás. Me fui de vacaciones con una amiga, yo había cumplido un año pololeando (o estaba por cumplirlo???), pero ella estaba soltera y con ganas de encontrar su amor (o al menos su “amor de verano”). Hacía algunos días que venía “amenazándome” con que debíamos ir a bailar a la disco local. Yo no sabía cómo decirle que en cierta medida, aunque las ganas de mover el cuerpo al ritmo de las canciones nunca faltan, la sola idea de meterme a una disco me sonaba un poco delicada. Me costó mucho descubrir por qué no me sentía del todo cómoda con eso, pero en algún momento de insistencia de mi amiga (que ahora no recuerdo si fue antes, durante o después de ir a la disco) terminé expresándolo. Simplemente le dije algo como “Mira, el asunto es que yo no estoy buscando pinchar con alguien, por lo tanto no me llama la atención bailar con nadie. Pero si tengo que bailar con alguien porque tu bailas con alguien, pueden suceder dos cosas: en el peor de los casos me aburro como ostra con el tipo, en el mejor de los casos empiezo a encontrarlo atractivo. Y el mejor de los casos es sumamente riesgoso para mi relación, y no quiero poner mi relación en riesgo”. Ella no lo comprendió en ese minuto. Me expuso su punto de vista, me dijo que “na que ver, ¿cómo que riesgoso?, pero si no tiene nada de malo bailar con alguien”. Y es cierto…no tiene nada de pecaminoso, traidor o criminal. Pero cuando eres ultra sincero te das cuenta de una gran verdad: el ritual de salir a bailar es principalmente una acción de búsqueda de conquista (parcial o total, temporal o permanente).

Hace más años aún, un chiquillo que estaba interesado en mi me invitó a comer y luego me iba a pasar a dejar donde unas amigas, y con ellas me iba a ir a bailar. Recuerdo que lo noté algo raro esa noche y días después me confesó que es porque sabía que ir a bailar significaba que compartiría un terreno cercano a lo íntimo con otros hombres. En el caso de él era más grave aún, porque no bailaba ni coco, así que se sentía seriamente intimidado por los hombres que tienen la habilidad y confianza de mover su cuerpo (o al menos tratar) al ritmo de la música. Al parecer los hombres están al tanto de lo altamente atractivo es para nosotras que ellos sepan o quieran bailar.

Hace un mes o un poco más, me junté con una amiga a conversar y tomar algo. El tema principal era lo enfermizo de los celos de su pololo. El chico llamó como 4 veces mientras estábamos conversando sólo para hacerle notar su aprensión. Juraba de guata que las dos nos íbamos a ir a bailar. Estaba obsesionado con esa idea. A mi me enervó su drama, pero después de pensarlo un poco le encontré algo de razón a su preocupación porque volví a recordar cuál es el trasfondo del ritual del baile.

Uno quisiera vestir, disfrazar, adornar ese ritual con cosas diferentes. Cosas que no son necesariamente mentira, como por ejemplo “¡Voy a bailar porque me gusta bailar!”. Pero simplemente uno no puede obviar las situaciones que vienen de yapa con eso. Estas en una disco, con algunas amigas, te arreglaste digna para no desentonar, tomas un trago (o dos, o tres) en la barra. No hay de qué hablar, porque el volumen de la música no te lo permite, sólo logras hacer comentarios cortos entre un punchi-punchi y otro. Comienzas a notar que tal personaje mira más de lo normal, ¿señales de interés?. Vas a la pista de baile, te mueves, te entretienes…hasta que tarde o temprano llega un tipo, generalmente acompañado del número exacto de amigos que necesita para acompañar a tus amigas, y te dice “¿bailemos?. Luego empiezan las miradas con tu grupo, necesitas saber si ellas quieren, si tu quieres, etc. Luego lanzas la respuesta, o es un “No, estamos bailando entre nosotras” o cualquier otra excusa, o un “Si” y empiezas a bailar. Una vez iniciada la parte movida del ritual vienen más señas. Si al tipo le interesas no va a pasar mucho rato hasta que se te acerque al oído, gritando y preguntándote “¿Cómo te llamai?. Después de algunos intentos por descifrar los nombres en medio de tanto ruido, vendrán otras preguntas como “¿Y qué hacís?”, “¿Qué edad tenís?”. Algunas veces, dependiendo de cuán galancete sea, las preguntas vendrán acompañadas de algún agarrón de cintura o de una extrema cercanía de su cara. Si cree que baila bien, hará despliegue de sus mejores movimientos y los alternará con algo provocativo como abrazarte, tomarte la mano, darte vueltas, acercarse, mirarte fijamente, etc.Y dependiendo del interés personal, una hará lo propio. Cosas como mirar un poquito y luego desviar la mirada, sonreír coquetamente, dejar que te encienda el cigarrillo, hacer contra-preguntas, etc. Luego, el nivel de intimidad que se alcance ya depende de los límites e intereses de cada quien. El problema grave es cuando no quieres hacer eso. Cuando por dentro estas esperando que para el tipo que está bailando al frente tuyo no sea importante ni interesante nada sobre ti. ¡Ojalá me encuentre fea y esté aquí sólo por hacerle el favor a su amigo!.

¿Por qué uno se urge cuando sientes que hay una leve posibilidad de tener que rechazar a alguien?. ¿Por qué uno puede llegar a sentirse incómoda de que alguien confunda mera amabilidad y buena onda con flirteo bailable?. Aunque yo crea que cada una puede responder distinto a esas preguntas, yo sé cuál es mi respuesta. Hay momentos en tu vida (o la vida de tu corazón, más precisamente) en que el sólo hecho de estar compartiendo ese espacio con un nn del sexo opuesto, y que ese nn se pase el rollo de que estás tratando de provocarlo, no tiene ninguna coherencia con tus deseos reales (y con deseos reales me refiero a aquellos que no se desvanecen al despertar, que están presentes día y noche contigo). Aunque asumo que hay noches en que parece perfectamente coherente el flirteo casual.

Todas estas cosas las recordé cuando me fui a una disco con una amiga. Entendí perfectamente bien que aunque lo que uno haga no tenga nada de incorrecto, el contexto no te ayuda a sentir que en verdad no te estas exponiendo como un filete para que alguien quiera comerlo. A menos que vayas a bailar con tu pololo, la pista de baile se convierte en zona de caza para cualquier soltero o soltera, porque el baile es así. Las ofertas llueven (y a más edad, se ponen más indecorosas en menor tiempo) y cuando tu no buscas que te ofrezcan nada sientes que se te acusa de hipocresía: ¿Qué haces sola en una disco si no quieres bailar y coquetear con un macho dispuesto a danzar para ti?”. Una respuesta como “Estoy aquí simplemente para bailar” no es satisfactoria para muchos. Incluso recuerdo que alguna vez algún macho me planteó ese cuestionamiento en una disco, no creyó en mi respuesta sincera de que bailaba porque me gustaba bailar y no porque quisiera algo con él y terminé recibiendo mi primer y único beso a la fuerza. Yo sé que esto no es una cosa de géneros, y que hay mujeres que son tan cazadoras como los hombres (y también asumo que en ocasiones yo misma he ido de cacería) pero sólo por hablar de mi experiencia debo decir que se debe paciencia y tacto para evitar algunos agarrones, propuestas indecorosas o simplemente aguantar el aburrimiento que le produces a un hombre desconocido sino bailas para provocarlo.

Por todo eso, y dada mi última experiencia discotequera (no me quejo, lo pasé muy bien) he concluido que es innegablemente ideal bailar sola (o sola con tus amigas) o con tu pareja. Solita bailas para ti, te mueves como quieres, no estas pendiente de estarle enviando buenas o malas señales a nadie sobre nada, y con tu pareja, puedes tener la confianza y desplante de estar moviendo tu cuerpo sólo para él, con la única y exclusiva posibilidad cierta de estar provocando al hombre que te interesa, y que ese hombre comparta ese espacio de intimidad contigo.

Me acabo de acordar de una canción. Es un poco bizarro este comentario. No porque tenga algo de inusual que yo recuerde alguna canción cuando escribo, sino por la canción que recordé. Me pillo desprevenida…creo que la cantaba Luchito Dimas: “No te pongas tu celosa si con otras bailo el twist, no te pongas tu furiosa si con otras bailo el rock, lo sabes bien, sólo contigo, mi preciosa, yo bailo en la misma baldosa”.

Menos mal que recordé esa canción. Una cosa es bailar con alguien y otra muy distinta es saber con quién quieres o vas a compartir tus movimientos en una misma baldosa. Parece que fuera la diferencia entre involucrarse y no. Yo estoy aprendiendo sobre eso (pa que no me odien no quise escribir “desapego”, jajajaja, los tengo chato con mis nuevas teorías sobre el desapego, la cosa budista y la meditación). Me estoy dedicando a encerar y mantener mi baldosita. Estoy reconociendo dónde empieza y dónde termina y a quién dejo o no dejo que la comparta conmigo. De momento, hay mucho espacio en ella para bailar solita.


PD: abrí canales de comunicación...pa los pillos, ver perfil.