lunes, mayo 08, 2006

Los 3 recuerdos del día

Muchos minutos en metro, algunos sabores, olores o el simple ocio, nos pueden traer una brisa vieja a la memoria. En mi caso, el viaje en metro es el mejor proveedor de recuerdos. Hoy estaba sentada (sí, por estos días viajo en horarios que me permiten encontrar un asiento en el metro sin culpa de estárselo robando a una abuelita), y como siempre, miré a mi alrededor. Siempre hay algo interesante que ver, no porque esta sea una ciudad llena de gente freak, sino porque hasta la gente que parece más opaca o aburrida también es entretenida de mirar. En verdad, lo realmente entretenido es ponerse a pensar de dónde viene, a dónde irá, qué acaba de hacer, o qué es lo que hará cuando llegue a su estación. Dónde habrá comprado sus zapatos, cuán poco duerme en las noches que no evita quedarse dormido en esa forma incómoda. Ellos parecen amantes, esos de allá parece que no se amaran hace mucho. Esa persona mira a aquella, aquella me mira a mí. Y en ese ejercicio de no socializar, pero de crear mundos de fantasía entorno a esos cuerpos que van tan callados y tan cerca de ti…de pronto te encuentras con alguien de mirada perdida. No mira a la ventana, no mira el paisaje, no lee los anuncios…está en otro lugar, y lo más increíble de todo es que sonríe. Esa persona muchas veces soy yo. Entré en trance, llegó la brisa y sonreí.

Cuando era chiquitita como una pepita de ají solíamos ir todos los fines de semana a Quillota, a ver a mis abuelos, tíos y primos por parte de mi madre. Como 3 kms. antes de llegar comenzábamos a cantar “vamos llegando, chubai, chubai” (qué paciencia mis viejos). Teníamos dos días enteros para escudriñar en la vida de campo. Pero no me detuve en cada una de las anécdotas. Hoy simplemente recordé un par de cosas, como la parcela donde vivía mi abuelo. Un chiquero, casi una mediagua, de madera y latón. Llegar ahí conmigo y mis hermanos era como soltar sin correa a 3 cachorros que han estado encerrados. Con mis hermanos volábamos entre las plantas de choclos, saltando las acequias y haciendo coronas de ramas de sauce. Yo corría detrás de los pollitos. Para mi eran miles de pollitos, amarillitos, redonditos, emplumaditos, suavecitos…¡Quiero uno!, ¡Te voy a atrapar!. Lo penoso es que hasta los minúsculos pollos eran más hábiles que yo y se escabullían. Se escondían en los escombros, saltaban. No pude agarrar uno jamás. Mi tata (un hombre alto) nos despedía siempre llenándonos la maleta del auto con mucha verdura, muy aromática y llena de chinitas que yo también trataba de cazar. Una vez me entregó una canastita llena de huevos (yo me creía Heidi), y me dijo “Cuando llegues a Santiago, ponlos en el refrigerador y a los 2 o 3 días nacerán pollitos”. Mi felicidad era extrema y le hice caso. Con mucho cuidado los puse en el refrigerador esperando pronto ser mamá de más pollitos de los que podía contar con mis dedos. Menos mal que el entusiasmo de los niños es frágil y a los 3 días estaba probablemente pensando en otro juego, porque nunca he tenido un pollito en mi mano.

Una vez también me prometió un potrillo. Dijo que lo iba a atar en el tapabarros del auto para que galopara junto a nosotros hasta Santiago…me impresiona no haberme cuestionado la peligrosidad de tal plan. Y también me asombra no haber nunca mirado hacia atrás para ver si el potrillo venía siguiendo el ritmo. Probablemente fue porque en el viaje de vuelta mi juego era otro. Uno bien estúpido. Yo tenía de esas muñecas que no son Barbies, pero quieren serlo. Digamos una “muñeca aspiracional”, que se sentaba con las patas abiertas, tenía pelo de escoba y era hueca. Ahora entiendo por qué me compraban de esas muñecas de 100 pesos en lugar de una Barbie, porque mi estúpido juego no era más que colgarme de la ventana del auto con mi muñeca en la mano y hacer que ambas sintiéramos el viento en la cara (acabo de recordar que de esa forma una vez me llegó una abeja a la mejilla, y dolió). Como ya lo dije, yo era chiquitita como una pepita de ahí. Una niña pava, tímida y de manitos frágiles. En algún punto, bastante antes de llegar a Santiago, mis deditos se fatigaban y alguna ráfaga particular de viento hacía que mi muñeca volara libre como un pájaro. La primera vez, me dio ataque de llanto. La segunda, probablemente también. Las siguientes, simplemente me hacía la tonta porque la vergüenza de que siempre me sucediera lo mismo era mucha. La humillación de volver a sentarme y que todos se dieran cuenta de que otra vez una muñeca había quedado en el camino (y que yo nunca aprendiera la lección y la agarrara con las dos manos o simplemente dejara de hacer esa pelotudez) era demasiada. Igual…en algún momento se daban cuenta, y venían los retos de mis viejos y las burlas de mis hermanos. Pero el drama se acababa al llegar a Santiago porque pronto tenía otra muñeca. La pobre no se imaginaría el terrible final que le esperaba.

Al llegar a mi estación, recordé que ya soy viejota. Tengo que bajarme. Caminar hasta mi casa, llegar a hacer un par de cosas serias, ser una mujer adulta. En el trayecto no hubo pollitos, potrillos, abejas o viento en la cara, ni muñecas que se vuelan. Pero si hubo más de una sonrisa y un brindis interno por mis tres recuerdos del día.

“There are places I remember all my life,
Though some have changed
Some forever, not for better
Some have gone and some remain.
All these places have their moments
Of lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life I loved them all.”

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