Hace mucho que no escribo. No es falta de ganas, sino de tiempo. He pasado el último mes y medio sumergida en la vorágine laboral, porque, gracias a Dios, encontré pega. Lo que escribo hoy es algo que venía pensando hace días en escribir, pero sólo ahora encuentro los minutos.
Sucede que hace una semana asistí a mi ceremonia de titulación. Gran evento, se supone. Como que no lo noté hasta que me encontré buscando desesperadamente una faldita para vestirme digna de la ocasión. Para mi no era tanto el revuelo que había que hacer, simplemente encontraba importante recibir (al fin) aquel cartón que no sólo costó sangre, sudor y lágrimas, sino también varios millones de pesos. Cuando me vi bien señorita rodeada de mis compañeros que se titulaban algo comenzó a hacer click en mi. El 95% de los graduados eran chicos al menos 4 años menores que yo. Una serie de sillitas forradas en tela con los nombres de cada graduado me hizo retornar muchos años en mi vida. Seguro, cada uno de esos chicos había tenido su última graduación no tantos años antes como para realmente estar desacostumbrados, pero algo para mi no estaba del todo correcto. De pronto me sentí pequeña de nuevo. Una niñita dando un gran paso. No entendía mucho porque en verdad mi gran prueba fue mi examen de titulación. Eso si que fue difícil. Esto era un showcito…entonces ¿por qué me llegó tanto?.
Un día antes de la ceremonia me puse a pensar en quienes no estaban. Recordé a mi papá, que murió hace casi 6 años, y a mi hermano que vive en Colombia. Se me ocurrió que debía, de alguna forma, llevarlos conmigo. Busqué en mis cosas un reloj de mi viejo. Pensé en llevarlo conmigo al minuto de recibir mi diploma y pensar en él y en mi hermano. Luego decidí que no, que debo dejar el plano material. Que bastaría sólo con recordarlos en ese momento.
Cuando escuché, después de muchísimos nombres, el mío…me tomó desprevenida. Me levanté rápidamente de la silla, caminé por el pasillo, subí al escenario, saludé al rector de la escuela, tomé mi diploma, recibí un par de flashazos en los ojos y volví a bajar y caminar por el pasillo en dirección a mi asiento. No creo que todo eso haya tomado más de un minuto. Recién al sentarme miré mi cartón, lo leí y sentí que algo había pasado. Me quedé como en blanco unos segundos y me di cuenta. Había fallado en algo y el minuto ya se había ido. En el escenario no busqué la figura de mi madre y de mi hermana…y no recordé llevar en mi corazón a mi padre y a mi hermano. No pensé en nada más que en mi. Me sentí muy mal. Muy mal. Creí ser la criatura más pequeña, egoísta e insensible del planeta. Los olvidé a todos. Me puse por sobre todos.
Luego de la ceremonia no lo hice mejor. Se retiraron las sillas (no sé cómo!, jamás vi como las sacaban) y salieron algunos mozos con copas, vasos y cositas pa comer. No recuerdo qué hice, sólo sé que en algún minuto decidí buscar a mi mamá y mi hermana. Cuando las encontré, me separaba a cada rato de ellas para ir a saludar a algún compañero o profesor. Tenía ganas de compartir con ellos ese momento que era tan nuestro…Hasta que nuevamente me di cuenta de que había olvidado no pensar sólo en mi. Fui donde mi familia y les dije que nos fuéramos.
Partimos a un lugar bonito a brindar y comer algo. Mi mamá y mi hermana hablaban hasta por los codos, ambas estaban muy contentas y radiantes. Yo me sentía deshecha. Moría de sueño y de mi boca casi no salía ninguna palabra. Cuando me preguntaron por cómo me sentía, quise mentir. Pero les dije la verdad, les conté que me sentía rara. Ellas pensaron que me dolía que mi papá y mi hermano no estuvieran ahí, pero no era eso. Me sentía rara porque hacía mucho tiempo que no pensaba en mi por sobre todos y ante todos y sin acordarme de los demás. Y me sentía culpable de haberlo hecho.
Por lo general, cuando decido que debo pensar en mi implica un esfuerzo. Para mi no es nada fácil no pensar en alguien más y amoldarme a sus necesidades o gustos. Por eso estaba sorprendida de este involuntario, espontáneo y avasallador ataque de egoísmo que me bajó justo en el minuto que le debía a tantas personas.
Al día siguiente me levanté como todas las mañanas a trabajar. Pensé que me iba a sentir distinta, pero no fue así. Cerca de medio día ya comencé a notar que no me sentía del todo igual a las jornadas anteriores. Me estaba sintiendo cada vez más pequeña.
Hace tiempo atrás mi ego profesional (al menos) se comenzó a inflar. Ya no me sentía una niña de pecho trabajando, no temía no poder llevar el ritmo de una vida llena de responsabilidades y dead-lines. Pero todo eso se me ha estado yendo un poco a la mierda estos días. Sé que etáriamente no soy una niña, pero no logro sentirme una adulta. Creo que era muy grande cuando aún estudiaba y trabajaba. Para ese contexto era una adelantada, ahora me siento muy atrás en la competencia. Antes tenía mucho, para no estar titulada había logrado cosas fantásticas. Ahora todo me parece incierto.
Recordé lo que alguna vez Mr. L me decía. Que cuando alguien deja la universidad se sume en una crisis de identidad. No se siente perteneciente a algo. Ya no compartes la calidad de estudiante, compañero, alumno con otros. Te soltaron y te quedaste parado en la calle. Ya debes dejar ese lugar donde no te tenías que presentar, donde la gente ya sabía tu nombre, tus caras de trasnoche, tus mañas y tus cosas lindas, tus talentos y tus dificultades. Ahora, a donde vayas tienes que poner tu mejor cara y esperar a que pase el tiempo y te comiencen a conocer, y te digan que vuelves a pertenecer a un lugar donde todos comparen la bendición de “ser de ese lugar”. El punto vulnerable está en cuando no te sientes simplemente graduada, sino EGRESADA. Yo no quiero tener que irme de ninguna parte y ninguna persona, sólo quiero entrar, siempre quiero llegar…
Así de niña como me he sentido estos días he extrañado a mi arbolito. No a mi padre, ni mi viejo, ni mi pelao. No al caballero que me mantenía y me proveía de todos mis caprichos. No al personaje que me evitaba malos ratos o que siempre me decía que era linda, sino a mi arbolito. En verdad, arbolito es de cariño, porque como lo siento ahora sería un inmenso roble. No extraño su dinero, no extraño las comodidades. No lo imagino resolviendo mis problemas como si fuera un ser mágico. Simplemente extraño la idea de acercarme a mi arbolito, tenderme bajo su sobra, apoyarme en su tronco, cerrar los ojos y descansar. Reposar de mi miedo de sentirme tan niña. No tener rollos con sentirme niña. El problema es que cuando te sientes pequeña así, sin arbolito, apenas pasan unos segundos y tu “sentirte niña” se convierte en “sentirte huérfana”. Huérfana de arbolito.
Me encantaría encontrar un nuevo árbol al que acudir. Que sea fuerte y grande, que quiera por unos minutos ser más grande que yo y me haga sentir que está bien que me sienta chiquita, que no es un problema.
De momento es un problema y escribo esto para dejarlo atrás y volver a actuar como adulta.
Pasaron muchos años, mucho trabajo, muchas evaluaciones, muchas pruebas. La noche se fue, la ceremonia pasó y mi cartón yace protegido debajo de algunas revistas en un costado de mi escritorio. Las flores que recibí lucieron un par de días su belleza, pero ya se marchitaron. Ahora que me siento en un exilio, voy a recorrer algunas calles esperando encontrar un lugar o un corazón que me quieran albergar por un tiempo.
PD: A mis queridos amigos y ex compañeros les deseo lo mejor del mundo. Siempre tendrán un país en mi.
domingo, noviembre 26, 2006
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
2 comentarios:
Es bueno leerte. Hace bien. Me identifiqué con algunas cosas: lo de sentirse niño y temer a crecer (uno cree que nadie + siente lo que estás pasando), lo de cortar cordones umbilicales (la familia, el pasado, la universidad, etc) para hacerte cargo de tí misma, sin esa capacha eterna a la que el niño o el joven acudían, como el perro que le ladra a los extraños y se hace el fortachón cuando tiene al amo cerca.
No sé si lo q sentiste durante la ceremonia fue simple egoísmo. Yo diría que es algo, un pensamiento bien adentro de la cabeza que te hace ver que la educación y esos años fueron, en cierta forma, una cosa que hiciste pensando en responder a las expectativas de los demás. De pronto, te hallas frente al acantilado y estás ahi, sola, pensando auténticamente en que es hora de hacer lo que quieras, lo q eres.
Tu padre y tu hermano estaban ahi, créeme. Aunq no los hayas visto ni recordado. Cogieron el título contigo y se sentaron en tu mismo asiento.
Triunfa!
Hermana:
Qué fuerte! Ya te he contado como fue para mi titularme... La verdad es que ni tuve ceremonia!, pues supongo que la "Grandiosa" Universidad de Chile, específicamente la Facultad de Ciencias Sociales, tal vez... necesitaba ahorrase unos pesitos...
Bueno, el caso es que el día que yo me sentí titulada fue el día que di la defensa de la Tesis... y vaya!!!! Lloré tooooda la tarde de ese día como Magdalena! También me sentí como descolgada de todo, como sin pertenencia y con la sensación de incertidumbre y desprotección total!. Quería seguir siendo estudiante, niña o joven... y la verdad creo que por harto rato, incluso luego empezando a disfrutar de los beneficios de ser una "trabajadora (aunque muy mal)remunerada"...en un lugar secreto de mi añoraba aquella etapa que se había ido...
Pero, hermana... son etapas y la que vives es de "aquellas"... Sólo sé que luego de verdad se va encontrando la gracia a lo que viene y que en realidad de ti depende conservar y atesorar los recuerdos, personas y aprendizajes de la etapa anterior, que si quieres, siempre te acompañarán.
Y bueno, ese día yo entendía tu "ambivalencia", tu "no saber dónde ir ni que hacer" y hasta tus mañas!... Espero que lo hayas sentido. Igual yo me sentí contigo y eso es lo importante.
Suerte en tu camino hermanita... y cuenta con quién a caminado (y también se ha tropezado y caido) algo más que tú.
Un abrazo,
Publicar un comentario