sábado, marzo 11, 2006

El Visitante

El visitante entró a mi casa, cuando las luces ya estaban apagadas. De pie frente a mí tomó mi mano. Sentí la firmeza de su palma, su calor lograba recorrer como agua tibia por mis venas. Aniquilado mi cerebro e hinchado mi corazón, se me entibiaron los párpados, los labios y nariz. Mi visitante me llevaba a caminar por un laberinto. Yo confiaba en que él sabía el camino y me dejaba guiar con los ojos cerrados y el paso sin miedo. Mi visitante cantaba palabras que volaban por el aire en dirección a mí, envolviéndome, rodeándome, rozándome, vistiéndome y adormeciéndome. Se detuvo y dibujó su cara para mí. El visitante tenía ojos profundos. Ni marrones, ni verdes, ni grandes, ni escondidos. Tenía sus ojos como universo, profundos e infinitos, para navegar mi alma en ellos. Yo accedí a su interior, el visitante lo permitió de buena gana. Aún así no reveló todos sus misterios, pero allí adentro todo parecía tener sentido, incluso lo que no podía conocer. Cuando vi sus labios los besé para siempre, cuando estuve en su espalda la acaricié con la punta de mis dedos, cuando aterricé en su alma, me acurruqué.

Una vez que ya había reconocido al visitante, volví en mi y temblé. Yo lo quería, quería sus ojos de hombre, su pelo de niño, su boca de Dios, su piel de arena. Quería su vida, con sus ancestros, con su descendencia, con sus personalidades. Quería su tiempo, con sus proyectos y habilidades. Y también quería, con todos mis huesos…que me quisiera él a mi.

El visitante lo comprendió sin mediar explicaciones. Me miró tierno y sonrió ante la lectura. El visitante estiró sus brazos y con sus manos penetró mi pecho. Tomó mi corazón entre sus dedos y no me lo arrancó. Lo acarició suavemente, lo olió, lo besó, lo saboreó y lo dejó en su lugar sabiendo que ya era suyo.

Entonces yo quería conquistarlo, invadirlo, llegar con mis escudos y estandartes y plantar una bandera en él. Yo lo quería mío, y me quería de él, aunque él tuviera los suyo, aunque yo no pudiera conquistar cada rincón de su señorío…yo quería estar con él junto a su trono. El visitante accedió. Me dejó estar allí mientras me acariciaba el pelo. Mientras todos mis esclavos le rendían honores. Mientras mi patrimonio se pintaba con sus colores. Mis ancestros descansaban felices, sabiendo que ya estaba en buenas manos. Mis puentes al fin terminaban de construirse y alcanzaban tierra fértil. Mi visitante se asentaba.

Con él, los minutos eran de fuego, las horas de agua, los días de tierra y los años de aire. Las llamas en que ardía no me quemaban. El cansancio era restaurador. La felicidad se lloraba y los placeres se gemían.

En un súbito trueno, el visitante se esfumó. Se desvaneció el fuego, el agua, la tierra y el aire. Fue como nacer. Mis instantes de gloria permanecieron sólo unos segundos en el recuerdo. El visitante se fue, y como en las malas películas, yo descubrí que todo había sido un sueño.

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